Los “ángeles”: perfiles de dos asesinos en serie y en serio

Se conocían desde hace tiempo. Uno mataba con morfina, el otro con aire. Dos vidas diferentes, un mismo final: la cárcel de Juan Soler, San José
Los enfermeros Ariel Acevedo y Marcelo Pereira están en la cárcel de Juan Soler, San José.
La investigación sobre la muerte de decenas de pacientes continuará, más allá de los 16 crímenes reconocidos por ambos.
Al principio de la investigación se creía que la Operación Ángeles los había reunido por la casualidad: era dos psicópatas sin ninguna relación entre sí que operaban cada uno por su lado.
La Asociación Española confirmó que ambos trabajaban juntos en el centro neuroquirúrgico de la Asociación Española. Pereira trabajaba además en la unidad de cuidados cardiológicos del Hospital Maciel.
De hecho, cada uno admitió prolijamente sus asesinatos en uno y otro lugar. Los once reconocidos por Acevedo ocurrieron en la Asociación Española de Socorros Mutuos, en tanto los cinco adjudicados a Pereira fueron en el hospital público.

 

 

El domingo, el ministro Eduardo Bonomi, en conferencia de prensa, reconoció que ambos se conocían y sabían de la actividad del otro, pero dijo que de la investigación no se podía concluir que trabajaran juntos.
El modus operandi de Acevedo era inyectar aire por vía intravenosa, en tanto el de Acevedo consistía en aplicar morfina por vía central (cuello).
Pero ayer la abogada de Acevedo, Inés Massiotti, confesó a medios argentinos que su cliente y Pereira no sólo se conocían de vista: el primero era padrino de uno de los hijos del otro. Pereira es padre de dos niños. Otra versión, recién confirmada por Subrayado, es distinta a la proporcionada por la abogada: Acevedo es en realidad padrino de uno de los hijos de Andrea Acosta, la tercera procesada del caso.
Luego Bonomi hizo una nueva revelación: Acevedo y Pereira, no sólo se conocían de vista y sabían que el otro mataba pacientes. Según el secretario de Estado, “competían entre sí” en una loca carrera por matar pacientes.
Los expertos ahora intentan saber por qué Marcelo Pereira y Ariel Acevedo comenzaron a aplicar sus propios criterios sobre la vida y la muerte de otras personas.
El juez Rolando Vomero desestimó que fuera un acto de piedad, como fue la declaración inicial de ambos. De hecho, en la lista de muertos figuran personas de entre 22 y 80 años, informó el miembro del consejo consultivo del Hospital Maciel, Ruben Bouvier.
No todas las muertes ocurrieron en las salas donde los enfermeros trabajaban.
La última víctima, Santa Gladys Lemos, de 74 años, el caso que aceleró las detenciones, murió en la sala común, cuando hacía las valijas para volver a su casa tras 11 días de internación en el Maciel.
El hombre que la asesinó, Marcelo Pereira, trabajaba en ese hospital desde el año 2000.
En los últimos días, tal vez sospechando que estaba siendo objeto de investigación, había anunciado su intención de abandonar el servicio.

SIN ARREPENTIMIENTO

Pereira, de 40 años, no era considerado el empleado del mes en el Maciel y tampoco en la Española.
Criticado por sus superiores por “desprolijo” en el trabajo y por ser “mal compañero” por sus pares, el enfermero viajaba siempre con su valija repleta de fármacos. Al momento del arresto, la Policía le encontró Dormicum, que usaba para preparar a los pacientes antes de ejecutarlos, informó La República.
El diario cuenta hoy que Pereira usaba el hipnótico para provocar un empeoramiento en el estado de salud del paciente que se había convertido en su objetivo.
A diferencia de Acevedo, en las pericias psiquiátricas Pereira no mostró el mínimo arrepentimiento por lo que hizo, dijo la abogada del otro enfermero, Inés Massiotti en entrevista con El País de Madrid.
Andrea Acosta, también es enfermera. Según el abogado de Pereira, no es pareja de Pereira. Su verdadera esposa también estuvo investigada pero la Policía la liberó, precisó el defensor Santiago Clavijo.
El juez la procesó por encubrimiento por un episodio comprobado del mes de diciembre, cuando ella intervino en la reanimación de los uno de los pacientes a quien Pereira había intentado matar inyectándole morfina.
Acosta ayudó en la reanimación pero no dijo nada a sus superiores sobre lo que sabía, de acuerdo al resumen de las actuaciones judiciales hechas por la Suprema Corte.
Su participación en el caso es crucial. Ariel Acevedo recibió un mensaje de texto que los agentes de Crimen Organizado estaban esperando desde hace dos meses. “Sé lo que estás haciendo”, le dijo y entró en detalles del proceso.
El mensaje era de Andrea Acosta, la enfermera. Para entonces, era inminente la detención del enfermero, un hombre de 46 años hasta entonces con una impecable foja de servicios.

Dos hombres y una mujer enfermeros son sindicados de asesinato en Uruguay.

“ME SENTÍ DIOS”

Hasta hace diez años, Acevedo trabajaba en la Policía. Logró ingresar a la Española, gracias a los cursos de enfermería que cursó mientras trabajaba en el Ministerio del Interior.
Su abogada Inés Massiotti tomó el caso de una manera peculiar. Se lo encontró por pura casualidad en el juzgado penal de Bartolomé Mitre.
Se conocían desde muchos años atrás. De hecho, ella había gestionado la unión concubinaria de Acevedo con su pareja, un comerciante de artesanías.
Pensando que su amigo estaba allí por un accidente de tránsito, o un problema menor, se acercó para auxiliarlo. Al enterarse de la situación se descompensó y debió ser asistida por una emergencia móvil.
La abogada reconoció que su defendido era plenamente consciente de lo que hacía.
Sin embargo, tiró, como al pasar, un dato de la vida de Acevedo que pretendió ser un atenuante ante la cifra monstruosa de personas asesinadas.
Massiotti dijo que Acevedo había sido abusado. La defensora confirmó el dato en la nota con El País de Madrid: cuando tenía 13 años fue violado por su cuñado.
Esto ocurrió en Minas, el lugar del que tuvo que irse, según contó, por las humillaciones que sufría por ser homosexual.
Hasta su detención era una persona feliz con su vida y su trabajo, una persona que disfrutaba de los placeres de la vida y de los viajes por el mundo. En este momento estaba cursando para diplomarse como nurse.
Según sus compañeros de trabajo era la antítesis de Marcelo Pereira. Era sumamente apreciado por todos, el primero en llegar y el último en irse de su turno de seis horas en el centro Neuroquirúrgico.
“Me sentí un dios y me equivoqué”, dijo, antes de quebrarse en llanto ante el fiscal Diego Pérez.

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