La historia detrás del gatillo

Indignaron a todo el país 

Drama: “no podía creer que fuera mi hijo”

Sus familias no esconden su dolor y sorpresa.

Uno de ellos estudiaba porque quería entrar a la Policía.

 ¿Cómo llegaron dos jóvenes de 17 años a matar y convertirse en “lacra social”?

Fueron calificados hasta por la propia Policía como lacra social, asesinos y desgraciados. ¿Quiénes son los jóvenes que mataron al trabajador de La Pasiva y cómo llegaron, con sólo 17 años, a convertirse en asesinos?

Vestía ropa oscura y en la cabeza llevaba un gorro de color rojo. Levantó su mano derecha y disparó. Así quedó grabado en miles de pupilas el joven de 17 años, calificado por la Policía como una “lacra social”, que mató a un trabajador de 34 años el sábado 12 en la cervecería La Pasiva.

Ruben, el padre del menor,  en la puerta de su humilde casa cuando salía a trabajar contó que el joven “no quería nada con el laburo”. “El hermano mayor le consiguió para trabajar en una carpintería y no quiso. Yo le conseguí algunas changas y no agarraba viaje. Solo alguna vez”, cuenta el hombre subido a una vieja bicicleta.

En 2011 el menor cometió su primer delito. Rapiñó una farmacia y estuvo 10 meses en la Colonia Berro. Salió en libertad en noviembre. “Desde entonces se estaba portando bien”, justifica su padre, que dice no entender por qué su hijo se transformó en un delincuente. “Yo trabajé toda mi vida. Nadie me regaló nada. Su hermano mayor también, él es militar”, afirma el hombre con mirada triste y piel curtida.

En la delincuencia juvenil influyen, según sociólogos y psicólogos, causas sociales y principalmente familiares. Las familias desestructuradas (padres drogadictos, alcohólicos, analfabetos o simplemente padres ausentes, desarraigados) que no pueden transmitir valores ni enseñar qué está bien y qué no, son determinantes en la iniciación delictiva de un joven.

El menor que mató al trabajador Gastón Hernández nació en el departamento de Rivera. Su padre, fanático de Nacional, lo llamó igual que un conocido jugador del club en aquel entonces. Es el tercero de cinco hermanos. El mayor tiene 26 y el menor 12.

Cuando él tenía sólo cinco años su familia dejó Rivera. Es que uno de sus hermanos, que nació con una enfermedad, se había “complicado”. Se instalaron en Toledo, en un humilde ranchito. Siete años después y cuando comenzaba la adolescencia, su madre falleció de cáncer.

La pérdida sacudió a la familia. Y el duelo fue acompañado con una “reestructura del hogar”. Su única hermana mujer, que hoy tiene 13 años, volvió a Rivera para vivir con su abuela; y él comenzó a vivir con una vecina. “Creo que le dimos cariño y por eso se fue quedando”, dice la mujer, y explica que es su tutora y que aún no tiene la custodia del menor.

Entre mudanzas, pérdidas y poca orientación, el joven apenas terminó primaria. Después “no quiso saber más nada con el estudio” y “desde hace tiempo no hacía nada”.

Hace tres meses, el chico se había mudado a la zona de La Capilla con “una novia”. Ni su padre ni la tutora lo veían mucho. Ruben cuenta que se enteró el jueves que el asesino del joven pizzero era su hijo. “Me duele esto porque yo lo crié solo, no fue fácil sacar adelante cinco botijas sin madre”, asegura con ojos vidriosos.

Antes de irse a la zona de La Capilla el menor vivía con su tutora, a pocos metros de la casa de Ruben. Esa vivienda fue calificada por vecinos  como “problemática” para la seguridad del barrio.

“El hermano mayor le consiguió para trabajar en una carpintería y no quiso. Yo le conseguí algunas changas y no agarraba viaje. Solo alguna vez”, cuenta el padre subido a una vieja bicicleta.

SIN ANTECEDENTES

El chico de 17 años procesado como coautor de un homicidio especialmente agravado, el que quedó grabado haciéndose del dinero que estaba en la caja de la cervecería La Pasiva, vivía con su madre y cuatro hermanos de 2, 7, 10 y 13 años.

Su padre, que reconoció en una entrevista con Canal 10 ser un “chorro bien”, no tenía contacto con el menor desde hacía muchos años, según su madre. El joven estaba yendo al liceo en Toledo. Este año haría segundo y tercero a la vez. Es que se estaba “apurando” porque quería entrar a la Policía cuando cumpliera los 18 años, cuenta su madre, Andrea.

“Por eso no entiendo nada. Él quería entrar a la Policía. Nosotros somos pobres, pero no le debemos nada a nadie ni dependemos de nadie. No le podía dar lujos, pero a él comida no le faltaba”, comenta la mujer aún sorprendida e indignada. Andrea trabajó hasta hace un mes en el supermercado Multiahorro; dejó para que su hija de 15 pueda hacer “sus cosas y no tener que cuidar a sus hermanos pequeños”. Ahora ella hace feria y cobra el Plan de Equidad.

La madre del joven afirma que nunca nada le llamó la atención de las actitudes de su hijo. “Jamás lo vi con plata, cosas robadas, o droga. Él me decía: `ma voy a las maquinitas, avisame cuando esté la comida` y como es cerca yo iba, lo llamaba y venía a comer. De noche, a veces me decía `ma voy a lo de mi novia o voy a lo de tal`. Y yo no le decía que no porque ya tiene 17 años y confiaba en que estaba ahí”, relata.

Andrea recuerda que el domingo, un día después de cometer el delito, su hijo amaneció en su casa. Le regaló una caja de bombones por el día de la madre y su actitud fue “normal”, “como todos los días”. Incluso, el lunes el menor asistió a clase. “Ese día vi el video y no lo reconocí. Me indignó lo que vi, incluso le dije a mi hija `cómo pueden dejar a cinco niños sin padre`, porque yo crié a mis hijos sola y sé lo que es. Cuando a los dos días vino la policía para allanar la casa, yo les dije que estaban equivocados, que no podía ser mi hijo. No podía creerlo. Después lo escuché confesar. Y él no lo mató, pero es lo mismo porque estaba ahí. Nadie lo obligó, fue porque quiso. Entonces supe que es increíble pero cierto”. Se ahoga, no puede continuar hablando, y llora.

Imputabilidad: Unicef rechaza plebiscito

Después que se presentaron las firmas de miles de uruguayos para realizar un referéndum con el objetivo de rebajar la edad de imputabilidad de los 18 a los 16 años, el representante de Unicef en Uruguay, Egidio Crotti, aseguró que es una opción “muy simplista” y “peligrosa” porque pone a la adolescencia en el imaginario colectivo “como un enemigo público”. “En todas las sociedades, siempre manejadas por viejos, hay miedo a la adolescencia. Eso es algo normal, pero cuando se transforma en una criminalización automática de los adolescentes, particularmente de los adolescentes pobres de los medios periféricos urbanos, eso es peligroso”, afirmó. Crotti aseguró que “la relación que existe en Uruguay entre la percepción masiva de la inseguridad y el papel de los adolescentes no está sostenida por ningún dato empírico serio”. El principal de Unicef en Uruguay agregó que hay que pensar en prevenir el delito, ver qué sucede con “las economías ilícitas”, o qué política se tiene ante el consumo de drogas.

Violencia pero sin drogas

Uno de los problemas que se asocia a los menores infractores desde hace varios años en Uruguay es el de la drogadicción, especialmente a la pasta base. Es común también asociar y atribuir la violencia con la que actúan los delincuentes a que “estaban bajo los efectos de la droga”. En el caso del asesinato del trabajador de La Pasiva esto no ocurrió. Los jóvenes descartaron haber consumido antes de efectuar el atraco, es decir, que la violencia con la que actuaron no fue motivada por ninguna sustancia. También negaron haber utilizado el dinero robado para comprar drogas y relataron que fueron a un shopping a comprar ropa. Las dos familias  también aseguraron que los jóvenes no se drogaban.

“Mucha frialdad a la hora de declarar”

“Responden como sobrando”, relató el fiscal del caso

Los jóvenes de 17 años procesados como autor y coautor por el asesinato del pizzero Gastón Hernández cumplen, según el fiscal de menores Gustavo Zubía, con el perfil clásico de menor infractor: mucha frialdad y desparpajo a la hora de declarar y relatar los hechos.

“Responden y relatan desde una posición de `a mí no me interesa lo que hice`, molestos, como sobrando”, comentó Zubía.

En general, afirmó, los menores infractores responden con expresiones breves, pocas palabras y mucha gesticulación. “Hay una gesticulación que se repite: brazo derecho que se extiende arqueado y gira como si le estuvieran dando a una manivela”, contó.

El fiscal dijo que el menor que no tenía antecedentes penales fue el que se expresó con mayor violencia a la hora de declarar. “Fue el más agresivo, el que tuvo más desparpajo. El otro apeló más al silencio”.

Según el fiscal esto es normal. Dijo que cuando agarran “experiencia” en el manejo ante la Justicia cambian de actitud. “Cuando los muchachos declaran por primera vez tienen más violencia. Cuando regresan a los meses por audiencias cambian la actitud.

Afirma que los menores no intentaron en ningún momento de la declaración justificar su accionar. Negaron haber recibido órdenes de matar, ni de haber seleccionado a la persona”.

Zubía ha reclamado que los jueces sean más severos a la hora de castigar a los menores por sus delitos.

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Un pensamiento en “La historia detrás del gatillo

  1. Zubía , sugiero abrir un poquito la cabeza y ver que el problema no es el “jueces más severos a la hora de castigar a los menores por sus delitos”… Debería haber jueces ocupándose de proteger a los niños para que no caigan en delicuencia y no castigarlos por su propia y exclusiva negligencia…. Están arriba?? Hagan algo que los mantega dignos allí, a favor del pueblo, de la gente, de los niños, de los adolescentes…

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