Intelectuales en fuga

¿Qué lugar ocupan los intelectuales en la crítica a la realidad cotidiana y la propuesta para una superación colectiva?

Desde el retorno a la democracia, en varias oportunidades se han realizado encuestas para determinar quiénes son. Los nombres que vienen surgiendo son fundamentalmente de políticos, sobre todo de ex presidentes y líderes partidarios. Últimamente se sumó a la lista alguna figura deportiva.

De académicos o intelectuales, prácticamente ninguno. Esto es por lo menos curioso en un país formateado a lo largo del siglo XX por el aporte intelectual de personalidades como Rodó, Vaz Ferreira y Real de Azúa. Un país que recibió de la generación del 45 una influencia sustancial, definitoria de las discusiones ideológicas y culturales de las décadas siguientes.

¿Qué está pasando hoy? ¿Qué lugar ocupan los intelectuales en la crítica a la realidad cotidiana y la propuesta para una superación colectiva?

Rara vez aparecen en los noticieros o programas periodísticos de televisión, opinando sobre el acontecer político, social y cultural. Ese lugar lo ocupan frecuentemente los investigadores de opinión pública y politólogos, limitando muchas veces la riqueza de un análisis global a la pueril discusión sobre preferencias sectoriales y partidarias.

La crisis educativa debería ameritar un debate más fermental que el mero partido de ping pong entre oposición y sindicatos. La debacle cultural tendría que generar una reacción enérgica de personas expertas, que enciendan la alarma frente a la aculturación de la peor televisión porteña, la chismografía barata que contamina en forma creciente los contenidos de los medios masivos y las redes sociales, la música chabacana y la propagación social del violentismo de los barras bravas.

Una de las razones del silencio de los intelectuales ante estos temas es cierto temor a ser acusados de intolerantes. Pocos se animan a criticar la cumbia villera, a pesar de que musicalmente tiene un valor nulo y de que sus letras son permanentes lecciones de sexismo y apología de las adicciones y la violencia.

Muchos liberales creen que hay que mantenerse neutral frente a la producción cultural espontánea, en la medida que tenga un público que la consuma. Muchos estatistas, por su parte, opinan que incluso está bien estimular este tipo de expresiones, por ese prurito de no estigmatizar a quien las crea o disfruta. En uno y otro prejuicio, al avalar el primitivismo, lo que se está haciendo es acentuar la marginalidad cultural de quienes lo consumen.

Por un lado hay una omisión de la responsabilidad intelectual, de denunciar lo que está mal aunque caiga antipático. Y por otro, también incide el descaecimiento del prestigio de quienes dedican su vida a la producción de conocimiento.

 

En ese sentido, las declaraciones del presidente Mujica a “La Diaria” son sorprendentes. Con la franqueza que lo caracteriza, dice que “en Uruguay hay un mundo universitario que cree que por su formación tiene la patente de la sabiduría, y no mira con un desprecio reaccionario, porque es gente culta, relativamente delicada, pero no lo puede disimular: cree que el único camino del saber es el que emprendió ella. No cree mucho en los autodidactas ni en la formación que puede dar la vida en el andar”.

Con un presidente que expresa una simplificación de esta envergadura, no es de extrañar el bajo índice de graduados universitarios del país. ¿Cuántos jóvenes se van a sacrificar estudiando, si la recompensa es ser calificado de sabelotodo petulante?

El mismo prejuicio explicitó la presidenta Cristina Fernández, dialogando con estudiantes de la Universidad de Harvard. Cuando algunos de estos muchachos, de nacionalidad argentina, la pusieron en aprietos con sus preguntas, ella optó por descalificarlos, por ser privilegiados que estudian allí mientras muchos jóvenes compatriotas ni siquiera pueden acceder a la universidad estatal.

Otro bonito ejemplo para los “ni ni”: en lugar de felicitar a quienes son aceptados por una de las universidades más importantes y exigentes del mundo, se los señala con el dedo acusador por poder pagarla: son ricos, burgueses, enemigos.

Al final hay que preguntarse si tanta insistencia en jerarquizar lo popular por sobre lo académico, no se originará en la intención de perpetuar la ignorancia de los pobres, para que al cebarlos con subsidios, sean cada vez más dependientes y dominables.

Un primer deber de nuestros intelectuales en fuga debería ser reivindicar a viva voz la importancia de la formación académica. Volver a posicionarla como un mandato de superación personal para todos los niveles sociales, y no como un entretenimiento para burgueses caprichosos.

Otro, igualmente importante, tendría que consistir en cuestionar con dureza ese relativismo que postula que toda expresión cultural debe ser estimulada, aunque degrade la dignidad humana. No se trata de reclamar censura, sino de colgarle un sólido contrapeso de calidad a tanta apelación a la barbarie.

 
Texto de ÁLVARO AHUNCHAIN  
Empresario de comunicación, docente universitario y director teatral
 

El rector de la Universidad ORT, Jorge Grünberg generó molestias en la comunidad científica nacional y desató un debate en redes sociales sobre la cantidad de doctores en esta materia que existen en nuestro país. Había comentado la decisión de Google de no instalarse en Uruguay por falta de doctores en Matemática y en Computación. Grünberg relató que cuando el ejecutivo del gigante de internet le preguntó cuántos doctores en Matemática y en Computación había en el país, el no tuvo otra que responder: “Se cuentan con los dedos de la mano”.

Los intelectuales y la propuesta para una superación colectiva

 ¿Qué lugar ocupan  en la crítica a la realidad cotidiana ?


Los científicos integrados al Sistema Nacional de Investigadores suman 2.500 de los cuales 1.300 residen en el país.

CUATRO URUGUAYOS – Descubrieron la presencia de una enzima que explica la resistencia a la quimioterapia en el cáncer de pulmón.

Edición e ilustración LA ACADEMIA, Prof. Slekis

2 pensamientos en “Intelectuales en fuga

  1. Con todo respeto, este artículo es un disparate. La educación no es necesaria ni debe aplicar a toda la población en la misma medida. Nuestro presidente habla fundamentalmente de dos ideas distintas, la educación crítica (de Freire), la cual no depende de una universidad y debe ser universal, y por otro lado la educación técnica o teórica, que permite acceder a una profesión, cuya universalización no solamente es indeseable sino inviable. El problema es que los dos conceptos tienden a mezclarse (cuántas personas leen a Freire en la fuente o pueden articular la diferencia entre educación y educación crítica?).

    Por otro lado, las expresiones culturales siempre van a ser identificadas con un estrato social porque son inherentemente una expresión de los grupos sociales que las cultivan. Respecto a la chabacanería y demás calificativos, creo que podemos acordar que una persona que vive en un cantegril será llamada de esa manera independiente de su gusto musical (podrá ser entonces por su forma de expresarse que obviamente va a diferir en la expresividad, el uso de ciertas palabras, etc.).

    Como último comentario, el video muestra una discusión sensible y sincera de parte de la presidenta argentina a pesar de las constantes embestidas combativas y sensacionalistas realizadas por parte de los estudiantes. En ningún momento la presidenta desmerece a los estudiantes de Harvard, y la acotación respecto a su prejuicio parte de una falta de atención en la interpretación del video.

  2. El problema pasa porque se ha dejado de lado la meditación, la oración, la reflexión, el estudio, la búsqueda, la asimilación… en el fondo se ha estado dejando de lado lo que implique tiempo, madurez, disciplina, y se privilegia lo instantáneo, lo digerible, lo desechable, todo lo que sea fácil y rápido.
    El desarrollo intelectual requiere tiempo, madurez, disciplina, entonces puede ocurrir que una persona esté en plan de estudio, que dura años, pero a su alrededor “pasan cosas en el mundo”, y de manera muy rápida, que frecuentemente exigen definición. Entonces se tiene a la mano la tentación de reemplazar una argumentación fundamentada con solidez, lo que requiere tiempo, por algún “slogan” de efecto rápido, pero muy simplista, que sirva para resolver una controversia puntual.
    A mi entender el problema es serio, porque en una persona desarrollar una escala de valores, una consecuencia de vida, una línea argumental, puede demorar años, incluso toda una vida, pero hacer este esfuerzo no serviría para problemas que requieren respuestas “ya!”, por ejemplo los temas políticos. Uno ve que en períodos de elecciones abundan las frases fáciles, de modo que logren convencer rápidamente, sin pensarlo mucho. Pero por otro lado, el desarrollo intelectual es como una vacuna contra lo volátil o lo contradictorio, por ende protege de caer en modas o tendencias que pueden ser predominantes, pero de poco sustento, o ayuda a entender mejor la realidad.
    Estoy convencido de que una persona es capaz de ver sólo lo que puede ver, y es capaz de entender sólo lo que puede entender. La lógica me dice hay que ser capaz de poder ver más cosas y entender más cosas, ayudando para ésto el desarrollo intelectual. Pero está claro que existen intereses políticos, comerciales, ideológicos, etc., para estrechar la mirada hacia lo que “ellos” quieren, y por eso la tendencia a despreciar lo que abra la vista y el entendimiento.
    Crecer intelectualmente trae su cuota de lucha contra uno mismo, y en un ambiente que fomente lo agradable y placentero, nos puede caer bien que “otros” nos reduzcan la mirada y nos hagan ver lo que “ellos” quieran que veamos, mientras nos sea grato lo que nos muestren.

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