El matrimonio y la modernidad

La aprobación en el Senado de la ley de matrimonio gay genera sensaciones encontradas. Por un lado la alegría de que un número de uruguayos que durante mucho tiempo han sufrido estigmatización y segregación social, sientan que han derribado una de las últimas barreras psicológicas que supuestamente los mantenía en inferioridad de condiciones frente al resto de los compatriotas. Pero también tristeza, ante otro importante número de ciudadanos, merecedores del mismo respeto que los anteriores, que veneran a la institución matrimonial como algo sagrado, que consideran que la misma, por definición, debe ser entre un hombre y una mujer, y que hoy se sienten avasallados.

LA MAYOR ENCUESTA HECHA para determinar el porcentaje de la población lesbiana, gay, bisexual y transgénero de la nación, Gallup.

Texto de la ley subido para compartir por Prof. Graciela Slekis Riffel para bajar.

Una cosa que dejó en claro la votación, que terminó con 23 votos a favor y solo 8 en contra, es que el proyecto generaba en el ambiente político (y probablemente en toda la sociedad) mucho menos polémica de la que se pretendía. Y que las arengas promovidas desde los sectores organizados de uno y otro extremo, tenían mucho más que ver con la imposición de agendas personales y políticas de esos grupos, que con el reflejo de una polarización radical en la sociedad uruguaya. Sobre todo cuando se ve que la oposición a la iniciativa tuvo presencia en los tres principales partidos políticos. Y que en varios casos tiene que ver con aspectos técnicos realmente malos de la ley en temas trascendentes como la adopción, y no por cuestiones filosóficas o ideológicas.

Esto con un matiz. La postura contraria de sectores religiosos, pese a que la reformada es una institución netamente civil, estatal, laica, es concordante con un dogma con más de 2 mil años de historia. Mientras que el empuje con ribetes jacobinos de los sectores organizados que más impulsaron la reforma, y que pintaban a cualquiera que osara marcar una diferencia como un troglodita inquisidor, tiene que ver con una agenda política y sectorial cortoplacista, más allá de la dosis de justicia social que la misma a todas luces implica.

Un dato curioso es que en Uruguay la propia institución del matrimonio civil se encuentra en una franca decadencia, con una caída de más del 50% de los mismos en los registros del Estado en los últimos 20 años. Mientras que en 1975 las parejas que decidieron registrar su convivencia conyugal ante un juez estatal fueron 25.310, en 2010 fueron sólo 10.629. Por el contrario los divorcios muestran una evolución contraria, y según datos manejados oficialmente, superan los 5 mil anuales.

Pero éste es un detalle que poco importa al fondo del asunto. Está claro que quienes impulsaban el proyecto con honestidad no esperan una avalancha de matrimonios de personas del mismo sexo, sino convertir el hecho en un hito, un mojón simbólico, que derribe lo que se veía como una de las últimas barreras que impedían, teóricamente, la igualdad absoluta entre personas con orientaciones sexuales distintas.

Pero así como mucha gente impulsó el proyecto con genuina buena fe y con la intención de promover una legítima aspiración de igualdad social, es claro que ha habido otros que han fomentado el debate y la polarización que genera este tema con intenciones menos santas. Por un lado quienes creen que apoyando este tipo de reformas se apropian de la consignas políticamente correctas, empujando a cualquiera que marque una diferencia al casillero de los retrógrados (¿son realmente todos los sectores del oficialismo tan abiertos ante las cuestiones de género y sexuales?).

Y por otro, quienes se derriten con la idea de empujar al país en base a ingenierías sociales desde la cúpula, a posiciones de “modernidad” y liderazgo en temas sociales a nivel global. Algo que recuerda a cuando Batlle y Ordóñez al impulsar la ley del divorcio en 1907 decía “hagamos una ley que asombre al mundo y que atraiga sobre nuestro país la simpática atención de la humanidad”.

Mientras nuestros legisladores se palmeaban en la espalda por este logro, en 18 de Julio y Paullier un caballo que tiraba de un carro cargado de basura se desbocó y casi atropella a una niña de meses antes de estrellarse contra un ómnibus de Cutcsa, en un festival de sangre y vísceras a pleno mediodía en la principal avenida capitalina. Prueba que esa ansiada modernidad en el Uruguay, en temas bastante más trágicos, todavía está muy lejos de alcanzarse.

EL MATRIMONIO IGUALITARIO implica gestar sociedad, transformar el programa predominante del “buen orden” en búsqueda de una sociedad más igualitaria en un sentido efectivo, con una real posibilidad de elegir la forma de vida y estructura familiar que optamos para nuestro desarrollo pleno, siendo necesario para ello la unión de los agentes que desde la diversidad sexual operan, haciéndolo sin mezquindades y egoísmos inútiles.

Presentación Diputados Senadores

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