¿Dónde y cómo puede alojarse un estudiante del interior en Montevideo?

HOSPEDAJE INJU

Instituto Nacional de la Juventud.

Alojamiento gratuito a jóvenes del interior   que necesiten   una breve estadía en Montevideo.

Podrá albergar hasta un máximo de treinta jóvenes, principalmente del interior del país, que necesiten un alojamiento transitorio en Montevideo para   cursos, talleres y capacitaciones. El albergue cuenta con   conexión a Internet, entre otras comodidades.

Recordó además, que en la sede del INJU, se está llevando a cabo la XVII edición de la FERIA GERMINA, evento en el que jóvenes emprendedores tienen la posibilidad de comercializar sus productos. Allí también funciona un centro de información, un espacio de acceso a las tecnologías de la información y comunicación, una biblioteca, una sala de danza, espacios donde se organizan talleres y una sala de teatro para que los jóvenes tengan un lugar donde presentar sus propuestas artísticas.

La Casa INJU es un espacio abierto que tiende un puente hacia todos los jóvenes del interior del país, concluyó Matías Rodríguez.

  Es el resultado de   un   convenio MIDES con República AFAP.

UNIVERSITARIOS DEL INTERIOR VIVEN EN HOGARES MUNICIPALES

El consumo de alcohol y las fiestas nocturnas son un problema que cada intendencia intenta resolver como puede.

 

Nicolás Arballo está en silencio, como hipnotizado. Tiene la mirada fija en una televisión grande y de pantalla de tubo, donde canal 10 pasa los Simpsons. Morocho, flaco, y con una musculosa de Peñarol, Arballo toma yogur directo de una jarra de leche, de esas de plástico. Hoy es un día importante para él, empezará a trabajar en McDonald`s, igual que otros dos compañeros del Centro de Estudiantes de Artigas (CEDA), donde vive desde marzo.

Trabajará ahí para juntar dinero y poder quedarse en Montevideo. Tiene 19 años, es del barrio Rampla de Artigas y vino a estudiar Medicina, pero perdió el primer semestre. Igual, ya tiene un plan b: tal vez en 2014 estudie Educación Física, una carrera que le gusta y que además es más corta. No quiere volver a casa con las manos vacías, eso sería una derrota. Aunque a veces extraña algunas cosas, más que nada la tranquilidad, ese ritmo cansino típico del interior. “Porque acá siempre estás al palo”, dice, con la jarra en la mano, y mirando de reojo a los Simpsons, en el living del hogar. “Allá es pueblo”, explica.

Acá, en el CEDA, empezaron 43 becarios a inicios de año y ahora son 37. No es fácil: influye el cambio de liceo a facultad, el cambio de ciudad chica a la capital, el cambio de tener un puñado de compañeros a compartir una clase con cientos de estudiantes. Son muchos factores.

Este hogar depende de la Intendencia de Artigas y funciona en una casona en Bulevar España entre Pablo de María y Blanes, en una zona que se ha transformado en uno de los centros de la movida nocturna montevideana. El CEDA es un pedacito de Artigas en la capital. Y sí, estar rodeado de gente del mismo departamento ayuda a extrañar menos.

Según el censo de estudiantes de grado de la Universidad de la República, 3.500 viven en hogares. De ellos, 769 lo hacen en hogares mantenidos por las intendencias, según un relevamiento que realizó Qué Pasa con la ayuda de la red de corresponsales de El País. Y algunos cientos más reciben becas financiadas por su intendencia, para vivir en Montevideo.

Algunos pocos hogares son gratuitos, pero en la mayoría hay que pagar. Las cuotas van desde unos 300 hasta 2.000 pesos. Obvio, los hogares de las intendencias son más baratos que cualquier residencia privada, cuyo costo va de 2.500 a 4.500 pesos, según los registros del Servicio Central de Bienestar Universitario.

Para las intendencias, sin embargo, gestionar un hogar es un gran problema. Primero, por los costos que destinan a algo que no tiene retorno (“es una política social”, dicen), segundo por las dificultades de administración (hay que enviar funcionarios a Montevideo, hay que mantener edificios) y, tercero, porque tratar con jóvenes tiene sus puntos delicados. Está el tema de las salidas nocturnas, el alcohol y otras drogas, y la conducta de muchachos que están lejos de casa.

Por todo eso, la Intendencia de Durazno tercerizó el servicio. Cerró su hogar y desde 2006 otorga becas en residencias privadas. Hasta ahora la evaluación es positiva porque además los estudiantes duraznenses se integran con gente de otros departamentos y no quedan en algo así como una burbuja, dice la asistente social Adriana Avellanal. Y Tacuarembó siguió los pasos de Durazno: cerró una de sus dos residencias y parte de los estudiantes se aloja en Sagrada Familia.

Un funcionario de la Universidad de la República, que está vinculado al otorgamiento de becas y pide no ser identificado, dice que a veces las intendencias mandan a Montevideo a funcionarios que no tienen ganas de lidiar con los problemas. Dice que hay que ver el tema de los horarios, si hay sexo, si toman alcohol o fuman marihuana, si un muchacho quiere estudiar y sus compañeros no lo dejan, si uno se deprime o extraña mucho. Y todo así. “¡Qué va a ser fácil manejar un hogar!”, reflexiona.

Lo del alcohol es todo un tema. Por ejemplo, en el hogar de Artigas hubo un incidente en julio que motivó la creación de una comisión investigadora en la junta departamental: una madrugada varios muchachos llegaron alcoholizados y uno defecó en un duchero. También vomitaron el baño masculino, pasillos y escalera, denunció la regenta del hogar a la intendenta Patricia Ayala, según publicó el portal Todoartigas. En el hogar de Tacuarembó despidieron a la encargada, hace cinco años, luego que tres estudiantes filmaron desnuda a una compañera. Y, un tercer ejemplo: en el hogar de Flores un estudiante llegó muy alcoholizado una noche y el caso pasó a la comisión de disciplina.

En esos tres hogares, y en casi todos, está prohibido el consumo de alcohol. La excepción es el hogar de la intendencia de Montevideo, que recibe a gente de todos los departamentos y funciona bajo un sistema de autogestión con mayores libertades. Los estudiantes viven solos y se ponen ellos mismos los límites. Dicen que funciona.

Bulevar España y Blanes

La inconfundible voz de Homero Simpson retumba en el living de techos altos del hogar de Artigas. Arballo sigue sentado en unos desgastados sillones, que tienen el polifón para afuera. De a poco aparecen otros compañeros. Cerca de la una de la tarde, hay unos 10 estudiantes en la vuelta y-algo raro- mucho silencio. Una chica, que lleva un sugerente mini short vaquero, espera en la recepción con una valija.

En el piso de parquet hay algunas manchas blancas grandes, como si le hubiera caído agua. El living del CEDA tiene un aire general algo decadente, aunque luce limpio y parece un lugar digno para vivir. Más si uno paga 1.900 pesos al mes.

Como en casi todas las intendencias, una comisión honoraria y multipartidaria evalúa cada ingreso. En la selección también participa un asistente social y un psicólogo. La comisión controla que los becarios sean de hogares de bajos recursos. Para quedarse el año siguiente en el hogar, el estudiante debe haber aprobado el 50% de las materias.

Esta casa, grande y en una buena esquina, fue alquilada por la administración de Patricia Ayala, que gasta unos 350.000 pesos al mes entre luz, agua, gas, alquiler y sueldos de siete funcionarios. Antes el hogar funcionaba en un local en Fernández Crespo, que estaba en mal estado, dice la regenta, Graciela de Vargas. Tanto que se vino abajo un techo. No hubo una tragedia de milagro, recuerda.

La regenta dice varias veces que no quiere que el hogar sea “un depósito de chicos”, mientras muestra la casa. Al fondo está el comedor; hoy el cocinero preparó canelones de verdura y carne. Cada estudiante pone 600 pesos al mes para la comida, y la idea es que ayuden yendo a comprar las cosas. Algunos, igual, prefieren comer lo que mandan sus familias.

El piso de arriba es de las mujeres, hay 22. Son cuartos grandes con cuchetas. De un baño sale olor a agua jane: están limpiando. En el subsuelo están los cuartos de los varones y la sala de estudios.

Nadie quiere hablar mucho del incidente que motiva una investigación de la junta departamental y que ha ocupado páginas de los diarios artiguenses. Franco Recoba tiene 21 años y estudia Ciencias de la Comunicación. Este es su cuarto año en el hogar y dice que nunca había pasado algo así. “Es común que alguien vomite, pero esto no”, admite.

La comisión honoraria emitió una declaración donde expresa “su más profundo rechazo a hechos verificados, reñidos con las buenas costumbres y contraviniendo los valores que deben existir para una armónica convivencia, sin que se haya logrado identificar al responsable”.

La semana pasada llegaron los ediles que integran la investigadora: entrevistaron a la regenta, funcionarios y estudiantes. Uno de los ediles que está en la investigación, y que pidió anonimato ya que la investigación tiene caracter reservado, dice que seguramente se sugerirá mejorar los controles sobre las conductas de los becarios, ya que la administración “confió mucho” y apostó todo al diálogo. Dice, además, que hay que evitar los “baches presenciales”: debería haber funcionarios controlando todo el día.

De Vargas, la regenta, no niega el episodio pero después afirma que hay un tema político y que el CEDA quedó en medio de la campaña electoral. De hecho, algunos dirigentes de la oposición proponen cerrar el centro y otorgar becas, como hace Durazno. Con 61 años de edad, ella dirige el hogar desde 2010 y reconoce que está alarmada por el consumo de alcohol de los becarios, como reflejo de un fenómeno general en la juventud.

“Ellos no consideran el alcohol como una droga, y lo es”, dice. Hace poco discutió con un edil de la oposición, que la cuestionó por dejar entrar a becarios alcoholizados. “Si viene uno borracho a las seis de la mañana, ¿no lo voy a dejar entrar?”, le preguntó ella. “¿Qué querés que haga? ¿Que lo deje tirado en la calle?”.

De todos modos, prohibió que tomen en la vereda, por considerarlo una extensión del centro. De Vargas muestra un tejido que hace poco mandó poner en una ventanita que está en la entrada del hogar y que da a los cuartos de los varones: por ahí ingresaban botellas sin pasar por la puerta.

Antes de despedirse, la regenta da un consejo: dice que si en algún hogar afirman que no hay problemas con el alcohol “es simplemente porque no los ven”.

Araújo y Pablo de María

El hogar de Tacuarembó está en un callejón poco conocido en el Cordón, que se llama Orestes Araújo, frente a un salón de los Testigos de Jehová y a metros de una salida de camiones del supermercado Disco.

El edificio de tres pisos es un viejo hotel de alta rotatividad (y eso se nota por los largos pasillos, llenos de habitaciones). Tiene otras peculiaridades. Hasta hace poco, y durante 38 años, trabajó allí Leonor Oreiro, tía de Natalia. Lo cuentan con cierto orgullo. Y, otro dato raro, en 2008 ocupó espacios en los medios de comunicación por aquel incidente de los muchachos que filmaron a una chica desnuda. El tema salió en el programa de Petinatti.

En aquel entonces la intendencia expulsó a esos estudiantes y despidió a la encargada. Ahí, en 2008, asumió como directora Liliana Perdomo, que era comerciante. “Cuando llegué, esto era Kosovo”, dice hoy, cinco años más tarde, al recibir a Qué Pasa

en la cocina del hogar, donde un muchacho prepara unos fideos y otros miran televisión. “Había explotado, acá estaban todos peleados”, dice. Y recuerda que, aquel primer día, volvió a su casa de noche, se preparó una taza de café y, desconcertada, se puso a pensar por dónde empezar. Y vio que era un hogar donde se hablaba mucho, pero no se ponían límites a los muchachos.

“Mi única experiencia era haber sido madre”, cuenta, “pero justo por eso sé cómo educar con límites”. Hoy se enorgullece de que ella no reta más de dos veces a un becario. A la tercera, hay sanción. Y, por ejemplo, dispuso que el estudiante que no realice una de sus cinco limpiezas mensuales, es observado.

“Sacate esa camiseta”, le dice -en broma- a uno que tiene la de Peñarol. Le pide que se ponga la del hogar para la foto, pero él no le hace caso. Empiezan a hacer chistes y a los minutos hay carcajadas. El clima es distendido, a pesar del tono de madre-que-pone-límites de Perdomo. Pamela Fernández, de 24 años, extrañaba esas carcajadas y ese griterío que, dice, es muy de Tacuarembó. Porque los primeros meses en Montevideo, hace cinco años, los pasó en una pensión, donde se sentía sola. Hasta que le avisaron que había un lugar en el hogar. Metió todo en un taxi y se fue para Orestes Araújo.

Ese día justo había fiesta. Entró y escuchó gritos. Se sintió en casa.

“Pero adentro del hogar hay ley seca”, advierte Perdomo, la encargada. No se puede tomar alcohol, fumar cigarrillos, porro ni nada, insiste. Cuando recién entró, dejaba tomar alguna cervecita en los asados en la azotea. Pero después vio que, si permitía eso, la cosa se descontrolaba. Ahora los asados son con jugolín, dice.

Eso sí, muchos se van a la esquina a tomar algo. “Hoy sale fiesta”, le dice César Gallo, un estudiante de ingeniería de 19 años, a Pamela Fernández, que estudia psicología. Los jueves van a “Al Norte”, un pub en Soriano y Ejido, atrás de la intendencia, al que llaman “la universidad nocturna”. Los viernes y sábado son días de Viejo Barreiro, en la calle Rodó. Algunos son clientes asiduos de “El Barzón”, un bar, parrilla y discoteca en Rivera y Arenal Grande. Y también de Cimarrón, frente a la Facultad de Veterinaria, otro clásico.

Canelones y Paulier

“Bienvenidos”, dice una cartelera en la entrada de la casona del hogar de Flores. Allí están los nombres de todos los residentes. Cada uno mueve un alfiler según dónde esté: hogar, clase, trabajo, Flores u “otros”. Ahora, viernes al mediodía, no hay nadie trabajando y cada vez hay más alfileres en la columna que dice Flores. Una chica baja la escalera, valija en mano. Se va a casa.

En la cocina hay platos con pan de carne, arroz y ensalada. Y dos listas: una de los que tienen que limpiar la heladera y otra de los que tienen que sacar la basura. También se ven varios carteles: “por favor, ponerle palillo a la mayonesa”, “si ven que algo se pone feo, por favor, lo tiran”, “si dejan vianda, favor, poner el nombre”.

El hogar tiene una de las mejores relaciones calidad-precio: pagan 583 pesos y eso incluye desayuno, almuerzo y merienda. Duermen 53 estudiantes en 20 cuartos, cinco de ellos para una sola persona. A esos cinco cuartos se llega por antigüedad: no es para cualquiera.

El director de Cultura de Flores, José Aldecoa, dice que sería bueno incluir alguna forma de retorno: que los estudiantes devuelvan algo al departamento, al recibirse. Pero, por el momento, eso generalmente no sucede. Y cuenta que, cada año, le dice a los muchachos que recuerden que “gastamos dinero de los contribuyentes para que vengan a estudiar a la capital”.

Una regla es que no se puede llegar alcoholizado, dice la encargada, Julia Listur. Este año pasó solo una vez. Al menos solo una vez fue tan notorio que el sereno, un ex funcionario policial, tuvo que llamar a la emergencia médica y luego a un familiar. El caso se trató en una comisión de disciplina pero, antes de que fallara, la familia lo sacó del hogar.

Soriano y Ejido

En el hogar de la intendencia de Montevideo, “Tocó Venir”, es difícil que la encargada se entere si alguien llega borracho. En realidad, eso no parece importar demasiado porque la idea no pasa por imponer límites. La idea es que los 27 becarios se autorregulen.

Una asistente social y un psicólogo, los únicos funcionarios, solo están de a ratos y casi nunca de noche. El hogar funciona en una vieja y hermosa casona de dos pisos, donde vivía el prestigioso jurista Hugo Barbagelata. En la sala de estudios, Camila Urroz y Celeste Cesarino, dos salteñas que estudian Medicina, leen. Al rato se suma Suele Cardoso, una brasileña de Yaguarón, que también estudia Medicina. Al lado está la sala de juegos, con mesa de ping-pong. Y, al fondo, una luminosa cocina con seis heladeras y tres lavarropas. Más atrás, un patio arbolado con parrilla, donde se hacen los asaditos.

El hogar está dirigido a 27 estudiantes de todo el país que estén en el inicio de la carrera y con un límite de ingreso familiar de cinco salarios mínimos. En general pueden permanecer solo un año, pero uno cada tres puede renovar un año más. Los becarios se hacen cargo de casi todo, desde la limpieza hasta recaudar los 1.000 pesos mensuales y pagar las cuentas.

La Intendencia de Montevideo promueve lo que llama libertad responsable. Algo así como “son grandes y se pueden cuidar solos”. Así, el consumo de alcohol está permitido, “como en cualquier casa”, dice la asistente social Lourdes Pepe. “Nosotros no somos policías y no trabajamos desde la prohibición, porque igual están solos”, justifica. “Construimos la responsabilidad de cada uno”, dice después. En los años anteriores ha habido casos de gente que “se desbundó” y tuvo que dejar la casa.

-¿Esto es como un Gran Hermano?

-Puede ser, sí… Puede ser -ríe Pepe.

Hay fiestas temáticas (de cumpleaños, bienvenida o fin de semestre), pero los problemas surgen cuando aparece una fiesta espontánea de una parte del grupo. Ese tema suele tratarse en las reuniones semanales con los encargados.

Eso sí, está prohibido fumar y que duerma gente que no pertenece al hogar. Los visitantes -amigos, parejas, compañeros- solo pueden entrar a la planta baja. Al principio podían ir a la planta alta, donde están los cuartos, pero una vez faltó algo y se prohibió que suban. Porque, a veces, no es tan malo poner ciertos límites.

La eterna sospecha de acomodo

¿Cómo se elige a los becarios? Cada intendencia tiene una comisión de ediles, funcionarios y técnicos, que selecciona según el ingreso económico de la familia y la escolaridad. Igual, las suspicacias de acomodos siempre existen. En 2007, el director de Becas de Bienestar Estudiantil, Roberto Gallinal, denunció que en algunos hogares había clientelismo político, publicó El País. Hoy, Gallinal dice que los hogares se han profesionalizado.

Bienestar: la oferta de becas

El Servicio Central de Bienestar Universitario otorga cada año 200 becas de 5.200 pesos mensuales y, además, 100 becas de alojamiento. En ese caso, son 2.600 pesos. Los estudiantes eligen la pensión u hogar al que quieren ir, en general del registro de alojamientos habilitados por el servicio. Y deben presentar el recibo del gasto.

El Ministerio de Vivienda, en tanto, da otras 150 becas de alojamiento, de 4.000 pesos, aunque a los estudiantes los selecciona Bienestar. La Universidad también da becas de alimentación (que permiten pagar solo 18 pesos por un almuerzo en el comedor universitario) y de transporte interdepartamental.

La comida que manda la familia

En el hogar de Tacuarembó las encomiendas de Turil llegan todos los miércoles de mañana. Son muy esperadas; ahí vienen esas comidas caseras que la muchachada tanto extraña. Turil tiene un servicio gratuito de envío de encomiendas para los estudiantes registrados de los departamentos de Tacuarembó y Rivera, como parte de la política de responsabilidad social de la empresa. A los de Artigas se les cobra 25 pesos. Cada mes llegan entre 600 y 700 encomiendas de esos departamentos, según informó la empresa. En el caso de Rivera y Tacuarembó, el 55% va directo al hogar estudiantil. En Artigas solo el 17%. Nuñez es otra empresa que realiza envíos gratuitos de encomiendas para los estudiantes: llegan unos 100 paquetes por semana, sobre todo de Melo, Treinta y Tres, Rivera y Paso de los Toros.

Sebastian Cabrera

Programa Apoyo a Hogares Estudiantiles Rurales de Enseñanza Media

Fecha: 16/10/2013
Autor: MIDES

¿Qué es?

Es un programa gestionado por el MIDES y la UDELAR que brinda acompañamiento, orientación y apoyo pedagógico a adolescentes y jóvenes del medio rural que están cursando enseñanza media y viven hogares estudiantiles de pequeñas localidades. El Programa de Respaldo al Aprendizaje (PROGRESA) de la UDELAR desarrolla la tarea de acompañamiento de las y los jóvenes, proponiendo instancias individuales o colectivas de trabajo en torno a su identidad como jóvenes rurales y sus proyectos de vida. Asimismo, en coordinación con otros programas del MIDES se busca mejorar las condiciones edilicias de dichos hogares.

¿A quiénes está dirigido?

Adolescentes y jóvenes del medio rural que se encuentran cursando Enseñanza Media y vivan en hogares estudiantiles en pequeñas localidades.

¿Cómo funcionará?

En cada hogar se trabaja con una frecuencia semanal. El equipo propone dinámicas grupales y tareas individuales de orientación vocacional, proyecto de vida, información sobre posibilidades y recursos de continuar su proceso educativo en la zona en la que viven. También realizan tareas de apoyo pedagógico, técnicas de estudio, producción de textos y diversas tareas que hacen a lo específicamente educativo a cargo de docentes de la UDELAR y con el acompañamiento de referentes del MIDES.

Localidades donde se aplica

Vichadero y Masoller (Rivera), Rincón de Valentín (Salto), Baltasar Brum (Artigas) Fraile Muerto (Cerro Largo) y Mariscala (Lavalleja)

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