Razón y fe: ¿por qué cree el hombre?

Desde siempre, el hombre ha recurrido a una fuerza superior, sobrenatural, para dar sentido a su propia existencia. Pilar central de todas las civilizaciones, la espiritualidad ha sido y es un fenómeno global. Quizá por ello los científicos del siglo XXI siguen buscando un principio básico, un denominador común a todas las creencias. Y del viejo duelo entre razón y fe surgen teorías renovadas.

Vinieron para confirmar su fe y buscar sentido a la existencia. La visita del Papa Benedicto XVI, en julio de 2008, fue para Australia el acontecimiento más emocionante desde los Juegos Olímpicos de 2000. Una misa al aire libre fue, con más de 200.000 peregrinos de 170 países, la mayor de la historia del país. El Papa, ¿una estrella? Sí. Porque el hombre de hoy demanda mitos, ritos y autoridad, una figura fiable y veraz que lo guíe. Como máximo representante de la Iglesia católica, la institución global más antigua, el Papa responde al deseo de veneración ritual.

El Dalai Lama, ¿una estrella? Sólo una de las numerosas escuelas delbudismo lo venera como líder espiritual. No obstante, Tenzing Gyatso, el Dalai Lama número 14, se ha convertido en las últimas décadas en el personaje budista más importante del mundo. Encarna una filosofía que suscita gran interés en Occidente y encuentra cada vez más adeptos. Pero el Dalai Lama recomienda a sus seguidores en todo el mundo: “Sigan fieles a la religión de su cultura”, porque piensa que el budismo tibetano es para los occidentales una especie de “última salida”.

¿Por qué las Iglesias tradicionales no se benefician más del anhelo por encontrar un hogar espiritual? ¿Por qué se erosiona la cristiandad como institución, con sus alrededor de 2.100 millones de fieles, frente al islam (1.300 millones) y el hinduismo (800 millones)? La respuesta es que entre religión y religiosidad hay una diferencia importante. La primera es la forma del comportamiento religioso heredado de la comunidad; la segunda es la experiencia espiritual del individuo.

La roca Dorada

 Cultura tibetanaTipos y características de la religión

Los tipos de religión y de espiritualidad brotan como nunca. La modernidad es un supermercado con un amplio surtido de ofertas de fe y salvación. Hoy, cada uno puede aspirar a su reino de los cielos privado. El hombre no busca la seguridad sólo en un Dios, tiene muchas posibilidades: la reencarnación budista, el animismo de los chamanes, el carisma evangelical, el pensamiento positivo, los ángeles de la guarda, hechiceros… Las “sociedades de opciones múltiples” crean una fe con opciones múltiples: “La adscripción religiosa del individuo no es un hecho irrefutable”, escribe el sociólogo estadounidense Peter Berger, “no es una condición inmutable, como la genética; es producto de su proceso de construcción y constitución de su mundo y su yo”.

Para seguirle la pista a la religiosidad, el catedrático norteamericano de psicología William James propuso en 1902 buscar las “experiencias primigenias” de las que parten todas las religiones. Así uno puede preguntar en qué se basan el cristianismo, el islam, el judaísmo, el budismo, el hinduismo, el confucianismo, el taoísmo, el sijismo, el shintoísmo y las religiones animistas. Es decir, buscar el mínimo común denominador de la religiosidad.

¿Por qué cree el hombre?

Aunque hayan cambiado las circunstancias sociales y los valores, la fe no desaparece. Está inmersa en una sociedad mediatizada, en una época en la que suceden acontecimientos incontrolables, irracionales y peligrosos: tsunamis, sequías, inundaciones, terremotos, gripe aviar, sida, terrorismo, miedo… Es un ataque a la confianza que las sociedades anteriores depositaron en la sabiduría divina y que el mundo de hoy tiene en la ciencia y la tecnología. O mejor dicho: solía tener. Cuando el mundo moderno está fuera de control (la bolsa se desploma, crece el paro, surgen epidemias…), también desaparece nuestra fe en que el mundo se pueda controlar racionalmente. La “desmitificación del mundo“, vaticinada a principios del siglo pasado por uno de los padres de la sociología, Max Weber, no se ha producido. El hombre del siglo XXI se rebela contra la “petrificación mecanizada” de un mundo aprehendido de forma racional. Hoy, en pleno auge de la sociedad del saber, la religiosidad y la fe ocupan un lugar importante en la agenda de la cultura y la ciencia. Cuanto más creemos saber, menos creemos en el saber. Así surge la antigua búsqueda de respuestas a las preguntas existenciales: ¿quién soy?, ¿cuál es el sentido de la vida? Para el hombre es insoportable la idea de que es producto del azar, intercambiable y prescindible. El ser humano sabe que existe, pero que no existe necesariamente.

 Nacimiento, vida, sufrimiento, muerte. ¿Y después?

Quien pregunta necesita una explicación para aguantar el hecho de no ser necesario. ¿Será que sólo la fe hace que uno soporte que es producto de la casualidad? No se puede vivir sin un horizonte subjetivo que dé sentido. El ser humano busca una última razón de la que no dudar. Quiere entender lo que le ocurre; comprender para explicar; explicar para predecir; predecir para controlar lo predicho.

Nunca tantas personas se han preguntado por el sentido de la vida de forma tan radical como hoy. ¿Por qué existe el mal? ¿Por qué la existencia tiene un lado oscuro: catástrofes naturales, guerras, terrorismo, miedo? A las Iglesias establecidas y sus congregaciones les resulta difícil dar respuestas satisfactorias. La fragmentación del mundo le ha arrebatado al sujeto informado casi cualquier ilusión de que pueda existir algo que mantenga unido al mundo en lo más profundo. Hoy en día no vale nada porque todo vale. El relativismo es el precio del pluralismo. Por eso, el individuo anhela lo incontable, el factor que no se pueda medir. Anhela la fe como experiencia subjetiva. Y un sentido de la vida que vaya más allá del “más rápido, más lejos, más…”

La experiencia espiritual no se expresa con palabras ni se encierra en dogmas. Los derviches del sufismo islámico bailan hasta que su yo los abandona; los budistas meditan sobre el vacío en que ya no existe ningún pensamiento necesidad; los chamanes se transforman para comunicarse con los eternos espíritus del agua, la piedra y los árboles. Siempre se trata de una sola cosa: la transformación de la conciencia. Superar el yo terrestre gracias a la máxima concentración. El espíritu y el alma en total armonía. Captar lo Uno de forma intuitiva. Experimentar a Dios.

© Paul Alan Putnam

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