El ideal de no tener límites

¿Qué es un límite? ¿Qué es un límite para la psique, qué es un límite para el sujeto? ¿Cómo se produce, qué función cumple? Abordaremos estas preguntas centrándonos en el registro pulsional. Así, nos encontraremos con dos operaciones que crean límites: la primera produce la transformación del instinto en pulsión. La segunda es el ordenamiento que se realiza sobre la pulsión: lo que conocemos como los destinos de la pulsión.

Primeros límites

En el encuentro fundante del infans con el Otro, este tiene como primera tarea promover en el cachorro la creación de su mundo pulsional. Sus impulsos originarios, de descarga inmediata, ligados a sus necesidades corporales (alimento, abrigo, higiene, etc.) se van apartando de lo estrictamente funcional para pasar a dar lugar a ese plus que aparece en cada satisfacción, que llamamos – valga la redundancia –  experiencia de satisfacción. Cada zona corporal se transformará en zona erógena. Las caricias, el canto, el acunamiento, aquello que excede lo estrictamente funcional, van produciendo una transformación que generará el pasaje del instinto a la pulsión. Esta es una creación humana, en esa zona de encuentro del psiquesoma infantil con el deseo materno.

Al mismo tiempo – segunda tarea del Otro – se irán creando vías colaterales para la pulsión: es decir, un circuito cada vez más amplio de circulación de la misma, más rico, más complejo, con desvíos, postergaciones y transmutaciones, vías que se van creando en las experiencias de satisfacción y dolor. Para esto el Otro – como veíamos – se vale de su discurso, incluyendo en el mismo actos que van de la mano de palabras, y fundamentalmente de la función que cumple la ternura como dispositivo de socialización (Ulloa), modo originario y básico de sublimación. Pero como también sabemos, ese mismo Otro, por ser el primer seductor, disrumpe inevitablemente en toda homeostasis que alcance el infans: así como instala topes, queda un resto que obliga a un trabajo constante por parte de la psique del infans.

Este trabajo es el de figurar las pulsiones en afectos y representaciones (solamente así tendrán estas un lugar en la psique), siendo el prototipo las experiencias de satisfacción y de dolor. Todo esto es lo que conocemos como vías colaterales, y son el primer límite que debe producir la psique del infansLímite a la deriva orientada hacia la descarga inmediata. Las vías colaterales son modos originarios de sublimación y de simbolización. Se desvía a la pulsión al anteponerle un dique que la contiene y deriva. Sin el Otro esta operación sería imposible, o el resultado sería enormemente pobre: pero también puede serlo si fracasa el infansen su tarea de figuración. Luego, otro trabajo del infans es el de ofrecer destinos para su mundo pulsional: transformación en lo contrario, vuelta contra sí mismo, represión y sublimación, que es el destino no neurótico por excelencia.

 

Segundos límites

Si hay primeros límites, que consisten en la transformación del mundo instintual en pulsional, y luego en la creación de vías colaterales para éste, hay también segundos límites: estos separan paulatinamente al infans de sus satisfacciones y objetos originarios: función que conocemos como las prohibiciones edípicas.

Esos límites – tanto los primeros como los segundos – , que permiten dar forma a su mundo pulsional, y a sus figuras (los afectos y las representaciones), esos límites que dependen en un origen del accionar del Otro, que a su vez transmite el mundo simbólico creado colectivamente, esos límites cumplen, sin duda, una función estructurante decisiva. Como todo límite, dan forma, contornean, definen un espacio – el de la psique en este lugar – . Son límites al servicio de Eros. Estructuran la psique, pero también están al servicio de la estructuración de la vida social. Los objetos originarios son delegados del Otro ante el infans: siguen sus instrucciones (que habitan en su inconsciente). La forma de modelar la vida pulsional es siempre social: los destinos de la pulsión muestran la presencia de la cultura.

 

Otros límites

Pero ciertamente, hay otros límites. Observamos en la clínica los que se hacen presentes en las neurosis, que muestran al sujeto condenado a repetir un circuito pulsional/deseante. Pero – y es lo que aquí queremos resaltar – están los límites impuestos por el poder, que consigue – apelando a la capacidad identificatoria y sublimatoria de la psique – que el sujeto sea sometido a la reproducción del tipo de subjetividad socialmente instituida. Eso se observa en una medida extrema en los totalitarismos o en la regímenes confesionales. Pero, en mayor o menor medida, toda sociedad, todo poder instituido en una sociedad, intenta – para sobrevivir – que los sujetos piensen, sientan y actúen de acuerdo a lo que a dicho poder le resulta conveniente.

La plasticidad de la psique, las pasiones edípicas, la creación de instancias como el superyó y los ideales del yo, son las brechas a través de la cuales el poder instituido intentará modelar la psique de los sujetos, psique que a su vez necesita de modelos identificatorios y destinos para su mundo sublimatorio y pulsional para existir. Y si estos en un primer momento son transmitidos por los objetos originarios, sabemos que la sociedad irrumpe cada vez más tempranamente en la crianza, en buena medida mediante los medios masivos de comunicación y el universo tecnocomunicacional tal como se ha desarrollado en las últimas décadas. El formateo de la psique, los límites y caminos impuestos  a la misma en sus registros pulsionales e identificatorios han quedado cada vez más en manos de los medios. Y esto en un proceso sin fin, ya que son registros abiertos a lo largo de la vida de los sujetos, aunque obviamente las adquisiciones tempranas y estructurantes son las de mayor peso por la dificultad que presentarán para su modificación, por estar en el basamento de la psique. Nos encontramos entonces en esa zona de superposición entre la psique y la subjetividad, siento esta última en buena medida un producto de lo histórico-social.

 

De los límites a lo ilimitado

Los adultos a cargo de las crías humanas van dando forma a su psiquismo, una forma que varía de sujeto en sujeto dada su capacidad imaginatoria: el infans no es un autómata; luego la sociedad a través de sus instituciones prosigue con dicha tarea, toma de alguna manera el relevo de la misma. Como la sociedad es un dominio del hombre sujeto a la creación, existen distintas sociedades tanto en un corte sincrónico como diacrónico. Lo que quiere decir que dichos límites instituyentes, socializantes, van siendo alterados a lo largo del tiempo, y también de una sociedad a otra.

La cuestión que nos ocupa es el hecho de estar asistiendo por primera vez en la historia de la humanidad, a la existencia de una sociedad que exalta/demanda la falta de límites. Lo que predomina en la sociedad es el ideal de no tener límites. Una suerte de promesa de eludir la castración.

Castración es el nombre del límite impuesto a la psique, que la obliga a abandonar toda ilusión de completud (ilusión que permanecerá por otro lado viva en el inconsciente), un límite que el sujeto deberá sobrellevar toda su vida. Que le avisa que lo ilimitado es una ilusión. Con la que sueña el neurótico y el psicótico padece. Y que, en el mejor de los casos, mediante diversos artilugios creadores, algunos sujetos jugarán a eludir, pero sin creérselo.

Pero volvamos a la cuestión de lo ilimitado como modelo: la sociedad reclama a los sujetos que vivan como si la castración no existiera. “¡Sé ilimitado!” es un mandato imposible. No ha surgido en cualquier momento de la historia, ya que es una creación del imaginario social de esta etapa del capitalismo. Forma parte del núcleo del mismo, del núcleo de su magma de significaciones imaginarias sociales. Y podemos ver sus efectos en la depredación de la economía, del medio ambiente, en guerras y genocidios, en la fragmentación del mundo social, y de los lazos entre los sujetos. Y también puede apreciarse en la psique de estos, de lo cual los psicoanalistas tenemos prueba suficiente por los padecimientos que vemos surgir en esta época.

 

Lo ilimitado y la significación central actual

El ideal de lo ilimitado está claramente relacionado con el imaginario capitalista del desarrollo: entendido como desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas. Para que esto se produzca, el consumo debe incrementarse permanentemente, debiendo crearse nuevas mercancías de modo constante, y también volverse obsoletas para permitir una renovación permanente. El terreno de la informática es paradigmático: apenas duran meses las innovaciones, el sujeto comienza a disfrutar de su nueva adquisición y prontamente aparece otro objeto que ofrece mejores prestaciones.

En lo profundo de la psique se ha producido una compleja operación que impone una ecuación que dice que consumir de ese modo es bueno y conduce a la felicidad, felicidad que en esta época queda ligada a ser completo, completud que -a su vez- se significa como ligada a lo ilimitado. Si el sujeto consume ilimitadamente puede llegar a la completud. Claro que hay una trampa en todo esto: porque si algo es ilimitado, por consecuencia lógica, la completud no es posible. Solamente en el campo de algo que es mensurable puede haber completud. Y, en la práctica, se observa claramente algo que hemos señalado: lo que se termina produciendo es un estado de insatisfacción y frustración casi constante, ya que el Otro lo que le señala permanentemente al sujeto es el estar en falta. Siempre falta algo para estar completo, pero puede adquirirse. Aunque producida la adquisición volverá a abrirse el circuito.

Por supuesto que esto es algo propio del sujeto humano: la felicidad es algo efímero, se produce en esos momentos en los cuales parece haberse arribado a la completud. La diferencia – la pequeña gran diferencia – es que esto ha pasado a ser una significación que domina la época. Ya no es parte del territorio de las aventuras y desventuras de la historia individual del sujeto, sino que ha pasado a formar parte de una forma de vida socialmente impuesta.

 

Lo ilimitado: consecuencias

Volvamos sobre lo ya dicho, a riesgo de reiteración: los límites al interior de la psique son necesarios para ésta como para la vida social. ¿Cuáles son las consecuencias de exaltar la falta de los mismos? ¿Puede realmente producirse una falta de límites? ¿Hay un estado ilimitado en el sujeto?

Como veíamos, la pretensión de ser ilimitado es una trampa que en realidad consigue un estado de insatisfacción constante, metapsicológicamente ligado a la angustia automática y a lo que llamamos neurosis actuales, cuyas efectos se observan en la clínica como hiperactividad, insomnio, patologías psicosomáticas, estados de angustia sin objeto (a veces ligado a los llamados ataques de pánico), anorexias y bulimias, adicciones, etc.  Un estado de insatisfacción que hace que el sujeto se sienta permanentemente en falta y así reinicie el circuito adquiriendo aquello que lo completaría: sea un objeto, una actividad, viajes, estudios de postgrado, especializaciones, operaciones estéticas, diversiones, información, etc.

Esto afecta además los lazos sociales. Por un lado, hay un evidente estado de fragmentación, efecto de la exaltación del narcisismo: lo ilimitado está ligado al mismo, es un llamado al mismo, una suerte de renegación de aquello que lo desplaza: la castración. Pero también los lazos pueden entrar dentro de la lógica de lo ilimitado: se busca a quien complete, hay vertiginosidad en los lazos amorosos, que suelen sucumbir ante problemáticas poco importantes, imponiéndose además un ideal de rendimiento y goce sexual que hasta toma la forma de compulsiones, muchas veces acompañado de diversas substancias, como el sineldafil, puesto al servicio de un goce ilimitado. El trabajo, la actividad política, el arte, el deporte, el estudio – por solamente nombrar algunos lugares de presencia y actividad de los sujetos – también se ven afectados, interferidos por el llamado a lo ilimitado.

Un llamado que, por un lado, fracasa (no es cumplible) pero que, por el otro, triunfa al someter a los sujetos a su “racionalidad”.  Mientras no haya una interrogación y destitución de un mito como el del desarrollo (que está en el núcleo del ideal de ilimitado), es decir, una desalienación, una resubjetivación en el sentido de un regreso del poder de los sujetos sobre el poder instituido – lo que es tarea de la política, la filosofía, el arte, también del psicoanálisis – continuaremos viendo los efectos de un orden que clama por lo ilimitado y produce exactamente lo contrario (su más secreta búsqueda): una limitación del accionar de los sujetos, de su libertad, de su vida.

Por Yago Franco –  Texto  del trabajo “Sobre los límites”

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