Eugenesia fascista

La idea de dar a los niños una educación diferenciada según su tipo biológico.

Todos rubios y de ojitos celestes

En 1938, y a diferencia de sus colegas que parecían tomar el asunto con total naturalidad, el médico rural argentino Bartolomé Bosio se sorprendía de la idea de dar a los niños una educación diferenciada según su tipo biológico. Se preguntaba si quienes lo proponían serían capaces de aplicar ese mismo rigor para con sus propios hijos o nietos, o los hijos y nietos de sus amigos. Antes de que el horror de Auschwitz hiciera evidentes las consecuencias últimas de dar entidad “científica” a las teorías racistas que por entonces irradiaban en todo el mundo entre los líderes de Occidente, hubo quienes ya advertían cierto carácter riesgoso –o cuanto menos elitista– en esa presunta  nueva disciplina a la que denominaban eugenesia. Pero esas voces críticas sólo fueron excepciones.

El término eugenesia fue acuñado por Sir Francis Galton (1822-1911), primo hermano de Charles Darwin, quien expuso sus fundamentos ante la Royal Society de Londres. El objetivo de esa “nueva ciencia” era, según sus cultores, el mejoramiento de las características biológicas de la especie humana, en el mismo sentido en que los agrónomos hablan del mejoramiento de las características de sus cultivos. Y el primer Congreso Internacional de Eugenesia, del que participaron, en 1912, 34 científicos, médicos, políticos y abogados de nueve países entre Europa y los EE.UU., contó con la presidencia honorífica de Leonard Darwin, hijo del célebre autor de El origen de las especies.

Para el Segundo Congreso Internacional de Eugenesia (Nueva York, 1921) se sumaron más países, incluidos Brasil, y la Argentina bajo la representación de Víctor Delfino, quien desde 1918 impulsaba la primera Sociedad Argentina de Eugenesia, proyecto que finalmente resultaría poco relevante en comparación con la oleada eugenésica posterior a 1930, según lo cuentan Marisa Miranda y Gustavo Vallejo, investigadores del Conicet y docentes de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), que dirigieron el extenso trabajo Una historia de la eugenesia, Argentina y las redes biopolíticas internacionales (Ed. Biblos, 2012).

Antes de 1930, año del primer golpe militar en la Argentina, había fervientes eugenistas locales de todo color ideológico, como el socialista José Ingenieros o el aristocrático rector de la Universidad de La Plata Joaquín V. González. Pero el verdadero despegue se dio con la llegada al país del médico endocrinólogo italiano Nicola Pende (1880-1970), gran artífice de la línea eugenésica desarrollada por el fascismo. El entusiasmo que la visita de Pende desató en los funcionarios de la dictadura militar del general José Félix Uriburu hizo que se enviara a instruir a la Italia de Benito Mussolini a dos emisarios, quienes al regresar formaron la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social. Y el éxito de esta iniciativa fue tal que se le sumaron incluso reconocidos militantes socialistas, quienes a pesar del carácter racista del proyecto terminaron convencidos de su pretendido carácter “científico”.

“Eso” que crece y amenaza

El parentesco entre darwinismo y eugenesia parece un potente malentendido. El concepto de “supervivencia del más apto” enunciado en 1859 por el célebre pasajero del Beagle es, en última instancia, ambiguo: no define a priori qué característica hace a un organismo “más apto” si no se consideran el entorno y las relaciones particulares con los demás organismos. Ninguna característica de un ser vivo es ni podría ser, en la auténtica teoría darwiniana, una ventaja evolutiva per se. Ser el más apto no es más que estar en el lugar indicado en el momento indicado, y por eso el gran protagonista de la evolución de las especies es el azar.

Como abogada de formación, Marisa Miranda se inició en la investigación trabajando sobre perspectivas socioculturales del derecho agrario, y cuenta que desde un principio le llamó la atención la similaridad entre algunos postulados del movimiento eugenista y el tratamiento que en agricultura se da a las “plagas”: aquello “otro” que al crecer y multiplicarse se transforma en “amenaza”. Gustavo Vallejo, historiador, estudiaba el impacto del higienismo y la forma en que el temor a las epidemias generaba casi invariablemente políticas de exclusión social en las ciudades de hace un siglo. “Nuestros trabajos caían en un punto común, que eran las formas en que se invocaba a la biología moderna y la teoría de Darwin para legitimar prácticas de exclusión social –cuenta Vallejo–; siguiendo ese hijo desembocamos en la eugenesia, y ahí se nos abrió un filón interminable y casi virgen, porque problematizábamos lo que otros no veían como un problema.”

Para el darwinismo social de la Inglaterra victoriana –una teoría desarrollada mayormente por el filósofo Herbert Spencer y de la cual la teoría de la evolución de Charles Darwin, a la que en gran medida contradice, apenas funcionó como inspiración–, la naturaleza pasaba a ser la sociedad de libre mercado, y ya se sabía quiénes serían los más aptos en esa “lucha por la vida”.

La eugenesia fue la aplicación práctica de esa teoría. Predeterminando quiénes debían multiplicarse y prosperar y quiénes no, y legitimando esas determinaciones desde la ley y la medicina, se le creía ahorrar a la sociedad los dramas y los costos que el azar introducía en el tejido social a través de los grupos “menos aptos”: enfermedades, violencia, caos social, miseria.

La consecuente política de impedir la proliferación de los “menos aptos” bajo la premisa falaz de que así se controlarían estas “lacras” sociales fue una poderosa herramienta de control social, y una excusa “con aval científico” para ahorrar recursos en la educación y la salud de grupos que, al final de cuentas, “no serían aptos” para lograr el éxito individual y social.

La idea fija

El centro de atención por antonomasia de las diversas corrientes eugenésicas fue la reproducción humana.

El estado de Indiana en los EE.UU. fue, en 1907, el primero en el que se dictó una ley de esterilizaciones compulsivas para determinados pacientes psiquiátricos, y en menos de dos décadas ya casi todos los estados de ese país contaban con una normativa similar. El final de estas prácticas fue dispuesto oficialmente recién cerca de 1980, a causa de denuncias realizadas por grupos militantes por los derechos civiles.

Los autores sostienen que así como en los países anglosajones prevaleció la variante eugenésica centrada en este tipo de intervenciones sobre el cuerpo, en los países latinos, bajo la decisiva influencia de la Iglesia Católica, se tendió a rechazar todo lo que implicara el control de la reproducción y la natalidad por medios directos. Una encíclica papal de 1931 se manifestaba contraria a la eugenesia, aunque en realidad, según queda demostrado por la evidencia histórica, el Vaticano sólo era contrario a la esterilización, a la vez que lideró una corriente eugenésica basada en el control de la moral sexual y la institución matrimonial.

Fueron ésas las variantes “latinas” de la eugenesia, que no sólo produjeron toneladas de literatura instructiva para enseñar a las jovencitas cómo obtener un buen marido para casarse y tener hijos, sino que se tradujo en paquetes de leyes cuyo fundamento aparece hoy difuso, pero se aclara al recurrir al archivo de los debates parlamentarios de entonces. La obsesión por procurar que las mujeres consiguieran “buenos maridos” aparece como fondo evidente de estas legislaciones, por ejemplo, cuando se establece el examen médico prenupcial obligatorio, en 1937, pero sólo para los varones, que eran quienes eventualmente andaban con mujeres “de mala vida”, y no sería obligatorio para las mujeres sino hasta 1965.

¿Qué fundamento podría tener la prohibición de que dos personas con lepra se casaran, si no era el miedo –infundado incluso desde el punto de vista de la infectología, según lo sabemos hoy– de que al reproducirse hicieran proliferar el mal que portaban? Siguiendo esta línea, que siempre encontró terreno más fértil a la vera de los períodos dictatoriales que la Argentina sufrió en el siglo veinte, se llegó a la creación en nuestro país de la única Facultad de Eugenesia en el mundo. Privada pero con subsidios estatales, la fundó Carlos Bernaldo de Quirós en 1957, para formar licenciados eugenistas que aconsejaban a las personas para elegir pareja y procrear convenientemente en función de su tipo biológico.

Hoy que la eugenesia es materia de estudio sólo de los historiadores, ciertos fenómenos del devenir tecnocientífico como el análisis genético para la selección de embriones en procesos de fertilización asistida, reavivan el debate: “Algunos creen que hay en eso una especie de recreación de la eugenesia, mientras que otros consideran que no, porque no obedece a ningún plan estatal sino a la planificación familiar en el ámbito privado”, concluye Miranda, no sin aclarar que en el fondo el lassez faire de los Estados respecto de este tema también es, a su modo, una línea política.

Botones de muestra

La línea de la eugenesia fascista desarrollada por Nicola Pende, que en su momento fue el primer rector de la Universidad Adriática Benito Mussolini en Bari (actualmente denominada Universidad Aldo Moro, en homenaje al ex premier italiano del Partido Demócrata Cristiano asesinado en 1978 por las Brigadas Rojas) tuvo un gran éxito en la primera mitad del siglo pasado en la Argentina, y se basaba en concepciones metafísicas relacionadas con la endocrinología (el estudio de las glándulas de secreción interna), según las cuales a diferentes tipos orgánicos corresponderían determinadas características estéticas, sexuales, morales, intelectuales o psicológicas.

Es fácil adivinar en estas teorías la influencia de la teoría de los humores, desarrollada por Hipócrates en Grecia en el siglo V a.C., reforzada por Galeno en el segundo siglo de nuestra era y vigente durante todo el Medioevo y aun después, pero que fue progresivamente dejada de lado justamente a medida que avanzaron el conocimiento científico del organismo y la medicina. En ella, no sólo la salud humana estaba relacionada con el equilibrio y normal flujo de los “humores”, sino también el carácter, la propensión a los defectos y demás fenómenos. Aunque sirvió de guía para los médicos durante siglos (a falta de una teoría más certera que diera cuenta del funcionamiento del organismo), la teoría de los humores era, en rigor, un código de prejuicios y arbitrariedades.

Pero la biotipología pendeana se valía de información más actualizada para la época, y establecía órdenes jerárquicos entre los diferentes tipos humanos.

El influyente médico español Gregorio Marañón fue uno de los grandes divulgadores de la obra de Pende en Europa, además de haber sido uno de los principales desarrolladores de una “teoría de la intersexualidad”, que utilizaba la biotipología para determinar el origen y el tratamiento de las perversiones sexuales. En uno de los ensayos incluidos en el mencionado libro, el historiador Luis Ferla, de la Universidad de San Pablo (Brasil), explica que, según esta teoría de las intersexualidades, la humanidad tuvo en su origen una sexualidad indiferenciada, pero que evolucionaba permanentemente desde esa androginia hacia una creciente diferenciación entre los dos sexos. Esa “creciente diferenciación” suponía, desde luego, un determinismo y diferentes jerarquías entre las personas según el grado de evolución, porque cuando los desajustes hormonales hacían que en alguien no fuera posible identificar claramente el predominio de un sexo sobre el otro era cuando aparecía la patología que llevaba a la perversión, e incluso al crimen.

Esa diferenciación incluía, según había escrito el propio Pende en Endocrinología y psicología, las conductas típicas atribuidas a varones y mujeres: las secreciones de las glándulas sexuales provocan “normalmente” en el hombre “escasa emotividad, dominio de sí mismo, estabilidad psíquica, mayor firmeza de la inteligencia, haciéndolo más adaptable al pensamiento más abstracto y más independiente”, en tanto que en la mujer “le debe a esta sustancia de origen sexual, principalmente, sus virtudes de ternura, de piedad, de abnegación, de dulzura”. Tal predominio de la emotividad en las mujeres justificaba, según los biotipólogos, una mayor vigilancia sobre su comportamiento. “En las mujeres delincuentes y en las prostitutas agresivas suelen coincidir algunos actos punibles con verdaderas crisis de orden fisiológico, y que se refieren sobre todo a la pubertad, a la menstruación, al embarazo y al climaterio”, escribían en la Argentina Gonzalo Bosch, Arturo Rossi y Mercedes Rodríguez, en Biotipología criminal: el problema constitucional de los cultores del delito y la prostitución.

Condenados desde la cuna

“Degeneración”, “degradación”, “mala vida” pasaron a ser términos comunes en la literatura médica de entonces, y tuvieron su correlato casi simultáneo en la literatura forense y en la jurídica. Y esos caracteres ponderados negativamente eran identificados, casi siempre, con atributos, condiciones de vida y costumbres identificadas como frecuentes dentro de los sectores más desposeídos de la población. Pero en lo que respecta a la supuesta base científica del edificio de la eugenesia, un importante elemento funcional necesario al discurso biotipológico era el determinismo genético.

Era la creencia en el determinismo genético lo que permitía sostener que en el caso de los delincuentes no existía el libre albedrío, porque la tendencia de una persona a las conductas criminales estaba dada por su perfil hormonal, y además podía verificarse en sus características físicas. Y si todo ello estaba determinado por los genes, entonces era hereditario. De ahí que juristas partidarios de la eugenesia pudieran hablar, entonces, de “predelincuentes”: individuos a los que, por su constitución y sus tendencias innatas, pudieran ser pasibles de medidas especiales de tratamiento y educación, a fin de intentar corregir ese destino o “atenuar esas anomalías” y preservar a la sociedad.

Aunque la validez científica de este tipo de discursos hoy está totalmente desestimada, conviene tal vez estar atentos a la posibilidad de que puedan resurgir con nuevos ropajes, ya que tanto en aquel entonces como hoy la actividad científica es producto de una sociedad que muchas veces la convierte en una expresión más de las tendencias que habitan en ella.

 

 Por Marcelo Rodríguez

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