Haber estudiado apenas nos salva

Mapa de la estratificación uruguaya:  26,4% del país, entre los pobres y la clase media,  en un lugar vulnerable: “una situación que supera el umbral de la pobreza pero no alcanza el nivel de seguridad económica que define a la clase media”.

El viejo estereotipo de un Uruguay de clases medias es cierto, al menos para los estándares latinoamericanos. El 60,2% de la población ocupa esa franja tan dinámica y a la vez amortiguadora, según un estudio reciente del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

La clase alta estaría formada por el 5,3% de la población uruguaya, unos 175.000 individuos y, en el otro extremo, el 8,1% (unas 270.000 personas) serían pobres.

Quiénes son.

Es acceder en igualdad de condiciones no sólo a una alimentación sana sino también a servicios sociales básicos de calidad en salud, educación y vivienda, y una vejez sin carencias.

Es acceder en igualdad de condiciones no sólo a una alimentación sana sino también a servicios sociales básicos de calidad en salud, educación y vivienda, y una vejez sin carencias.

El estudio de Naciones Unidas considera “clase media” a quienes tienen ingresos per capita de entre 10 y 50 dólares al día (entre 240 y 1.200 pesos uruguayos al día de hoy). En otras palabras: una familia promedio uruguaya, compuesta por tres miembros, integra la clase media si su ingreso mensual suma entre 22.000 y 110.000 pesos. Luego, según su ingreso, pero también la cantidad de miembros y, sobre todo, su patrimonio, caerá en categorías más precisas, como clase media-baja, media-media y media-alta. Mientras tanto los “vulnerables”, aquellos que están a un paso de la pobreza, en Uruguay serían quienes tienen ingresos diarios per capita de entre 100 y 250 pesos.

Toda esta información surge de convenciones estadísticas, es cierto, pero son parecidas a la realidad. Los estamentos más bajos de la clase media son muy vulnerables. El más mínimo tropiezo los devolverá a la pobreza, pues no siempre tienen las habilidades, las herramientas y un entorno social que los sostenga. Suelen ser obreros y empleados con escasa formación, cuentapropistas informales, empleados precarios.

La clase media más consolidada, en tanto, se integra con gerentes, profesionales, técnicos, burócratas de rangos medio y alto, obreros y empleados calificados, empresarios y comerciantes medios, docentes, intelectuales, rentistas y jubilados con buenos ingresos.

Uruguay es el país con la clase media más extendida de América Latina (60,2% según el citado informe del PNUD), seguido por Argentina (54,4%) y Chile (44%). En el otro extremo, muy lejos, están varios países de América Central, donde media una abismo entre los estamentos. “Las diferencias entre Uruguay y los países en el extremo inferior son dramáticas”, señala el informe.

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Criterios opinables.

Sin embargo Uruguay no es una nación tan mesocrática si se la compara con Europa. Tiene la mejor distribución de la riqueza de América Latina, pero es muy mala si se la compara con Europa y vastas regiones de Asia. El 20% de los hogares más pudientes concentra alrededor de la mitad de la riqueza. Uruguay habitaría entonces una suerte de Purgatorio entre Europa y América Central.

Cualquier división en “clases sociales” es opinable y cambiante según los criterios y el período histórico, pues las sociedades se han tornado particularmente complejas y móviles.

“Clase media” se define por exclusión: está integrada por aquellos que no son los más ricos ni los más pobres. Pero los límites son imprecisos. Así, por ejemplo, en julio de 2013 el entonces ministro de Economía y Finanzas, Fernando Lorenzo, afirmó en una comisión de la Cámara de Representantes que tanto como el 72,1% de los pobladores de Uruguay pertenecía a la muy venerada clase media, que estaba integrada por casi 2,5 millones de personas, 800.000 más que al finalizar 2005. Dos de cada tres de ellos tenía educación Primaria y Secundaria y el 35% restante había recibido educación terciaria y técnica, señaló Lorenzo.

Las cifras varían drásticamente si se aplica un criterio más restrictivo para definir la “clase media”, además de las otras clases sociales.

Un estudio de 2012 del Centro de Investigaciones Económicas (Cinve) concluyó que el 16,5% de los hogares uruguayos integran la clase alta, otro 52,8% la clase media y el 30,7% restante pertenecía a la clase baja. Así, según este estudio, la clase media no trepa al 72,1%, como estimó el ex ministro Lorenzo, ni al 60,2%, como calcula el PNUD, sino a poco más de la mitad de la población uruguaya.

La clase alta.

Según ese estudio del Cinve, realizado por las investigadoras Cecilia Llambí y Leticia Piñeyro, desde 2008 a 2011 creció la clase alta (de 14% a 16,5% de los hogares), la clase media se mantuvo y se redujo la clase baja (de 33% a 30,7% del total de hogares).

En el seno de la clase alta había un sector particularmente rico, que significaba el 4,7% de los hogares del país. Asimismo, dentro de la clase media era posible distinguir clase media-alta (16,4% de la población total), clase media-media (18%) y media-baja (18,4%).

En 2012 los hogares de Montevideo de clase alta eran el 22,7% del total (11,8% en el interior), la clase media el 53,7% (52,4% en el interior) y la clase baja el 23,7% (35,9% en el interior).

El estudio tomó en cuenta los resultados de la Encuesta Continua de Hogares que realiza el INE y del censo 2011. Se consideró el ingreso de los hogares, la calidad de la vivienda y sus servicios, su equipamiento, la posesión de automóvil, las posibilidades de consumo e inversión del núcleo familiar, el nivel educativo y otras variables que contribuyen a definir un perfil de clase.

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Rasgos de la pobreza.

La reducción de la pobreza depende en primer lugar del crecimiento económico, con su secuela de empleo y aumento del salario real. Las prestaciones del Estado (seguro de desempleo, asignaciones familiares, “salario social”, sistema público de salud) también contribuyen a sacar a cierto segmento de una situación de indigencia o pobreza y empujarlos hacia arriba.

Uruguay lidera en la cobertura de pensiones para adultos mayores, sostiene el estudio del PNUD. Las jubilaciones y pensiones relativamente altas sacaron de la pobreza a muchos ancianos, que incluso se mantuvieron en la “clase media” en 2002, cuando el Estado continuó pagando pensiones y salarios públicos a costa de una altísima desocupación en el sector privado y el quiebre de miles de empresas.

La pobreza, hasta cierto punto, se vincula al trabajo informal: cuentapropistas, empleados sin derechos sociales y otras formas precarias de ocupación. Más del 60% de los trabajadores son informales en Bolivia, Guatemala, Honduras, Ecuador, El Salvador, Perú y Colombia, según el PNUD, en tanto rondan el 32% en Uruguay y Chile.

La extensión de la clase media uruguaya y la caída de la pobreza tienen mucho que ver con el ingreso. En abril el Banco Mundial divulgó un informe que señala que Uruguay tiene el mayor nivel de ingreso per capita (medido según paridad de poder adquisitivo, o PPA, que compara la capacidad de compra en cada país), con 17.343 dólares al año. Le siguen Venezuela (que reportó 16.377 dólares, aunque su distribución de la renta sigue siendo de las peores de América Latina), Panamá (15.369 dólares) y Brasil (14.369). Los ingresos más bajos se registran en Haití, Nicaragua, Honduras y Bolivia.

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Evolución de la pobreza.

La extensión de la pobreza y de la indigencia (pobreza extrema) en Uruguay, si se la mide exclusivamente por el ingreso, ha variado según el ciclo económico. Aumenta en períodos de recesión o crisis y disminuye en épocas de auge.

En Uruguay se considera pobre a quienes tengan un ingreso per capita mensual inferior a unos 9.500 pesos (menos de 6.500 pesos en el interior del país, donde algunos componentes de la canasta de bienes y servicios básicos, como la vivienda, son más baratos). En consecuencia, es pobre para las estadísticas una familia montevideana de tres miembros con ingresos por debajo de 28.500 pesos, incluyendo salarios, prestaciones sociales, servicios de salud, etc. Y son indigentes aquellos que ni siquiera pueden acceder a una canasta básica de alimentos que cuesta alrededor de 2.500 pesos mensuales por persona.

La medición de la pobreza por el ingreso no permite ver otras cuestiones de fondo como la calidad de la vivienda, si los niños y adolescentes reciben educación formal o si los miembros del hogar tienen cobertura de salud, como sí lo hace el método de las “Necesidades Básicas Insatisfechas” (NBI). Éste método alternativo considera que un hogar es pobre cuando, independientemente de la suma de dinero que obtiene como ingreso, no puede acceder a bienes y servicios básicos para el desarrollo de sus miembros: calidad de la vivienda, acceso a la enseñanza y a la salud, etc.

Según un estudio sobre los datos del censo de 2011, el 34% de los hogares uruguayos tenía al menos una Necesidad Básica Insatisfecha. Los mejores registros se daban en Montevideo (aunque con gran disparidad según barrio), Flores, Colonia y Florida, y los peores en Artigas, Salto, Rivera y las zonas oeste y noreste de Montevideo. Las NBI más comunes eran la falta de una “vivienda decorosa” (hacinamiento, falta de espacio suficiente para cocinar) o carencias en la evacuación de excretas, en el abastecimiento de agua o de “elementos básicos de confort” (calefacción principalmente). El 44% de los menores de 14 años que residían en Uruguay tenían al menos una NBI.

Los barrios de Montevideo que registran mayores necesidades básicas insatisfechas se ubican en el suroeste y noreste, según datos del Ministerio de Desarrollo Social (Mides). Por el contrario, los hogares con menos NBI se hallan en los barrios ubicados sobre la costa del Río de la Plata y en torno al eje central de la ciudad que forma bulevar Artigas.

En términos generales, las necesidades básicas insatisfechas de la población uruguaya, incluida la rural, disminuyeron sustancialmente desde la década de 1990.

En 1986, después de la grave crisis económica de 1982-1983, la pobreza alcanzaba al 38,3% de los hogares uruguayos. La pobreza se fue reduciendo -mientras crecían las clases media y alta- hasta alcanzar un mínimo de 11,7% en 2001. (Los números son relativos porque el método de cálculo y la amplitud de la muestra han variado con los años).

Pero en 2002, cuando la economía otra vez desbarrancó, se produjo un incremento abrupto de la pobreza y de la desigualdad. Entonces el desempleo promedio anual pasó del 10% al 17%, con picos trimestrales de 20%, lo que significó que unas 135.000 personas perdieron sus trabajos. Muchos cayeron en la pobreza junto a su familia, aunque no todos, pues los tejidos familiares sostuvieron a un segmento de los abatidos.

La economía comenzó a salir del pozo en la segunda mitad de 2003, empujada por el sector agropecuario. La mejora constante del empleo hizo que la pobreza remitiera. Los más beneficiados fueron las mujeres, los menores y la población del interior.

La pobreza en todo el país alcanzó al 34,4% de la población en 2006, 30,5% en 2007, 22,4% en 2008, 20,9% en 2009, 18,6% en 2010, 13,7% en 2011, 12,4% en 2012 y 11,5% en 2013 (que equivale al 7,8% de los hogares).

La pobreza es más alta en Montevideo (15,7% de las personas en 2013) que en el interior (poco más del 8%). La indigencia, mientras tanto, un “núcleo duro” que se resiste a desaparecer, en los últimos años se estancó en torno al 0,6%.

Los hogares más pobres suman unos 30.000. Sus miembros, que suelen ser numerosos, no se benefician de los momentos de auge económico ni se hunden en los de depresión, pues no es posible ir más abajo. Según estudios oficiales, en casi todos esos hogares hay algún miembro con antecedentes penales y, en muchos casos, discapacitados intelectuales o físicos. Otras características de este segmento: desocupación o trabajo esporádico, baja o nula educación formal, ausencia de figuras parentales, violencia doméstica, desnutrición, adicción a drogas, jóvenes que ni estudian ni trabajan, hacinamiento (los niños comparten la cama con sus padres), vivienda precaria.

Los “ni-ni”.

La pobreza tiene una mayor incidencia en los niños, pues alcanza al 25,35% de los menores de 14 años. En esa franja etaria el porcentaje más que duplica e incluso triplica la media, según el año en consideración. En los sectores menos pudientes, la tasa de fecundidad más que duplica la que exhiben las clases medias y altas.

Según el ya citado estudio del PNUD, Uruguay y Perú cuentan con la menor población de “ni-ni” (jóvenes de 15 a 24 años que no estudian ni trabajan) de América Latina: 15,3%. La tasa más alta la tiene Guatemala (25,1%). Sin embargo, entre los jóvenes en situación de pobreza la mayor proporción de quienes no estudian ni trabajan está en Uruguay, con un 40,3%.19-10-2013 10-34-50

En suma: los hogares más pobres son más numerosos pues las parejas tienen más hijos, y dos de cada cinco miembros jóvenes son “ni-ni”, lo que contribuye a perpetuar la miseria.

Según los pensadores liberales, la educación es la principal causa de discriminación y generadora de futuros ricos y pobres.

EL SENTIDO DE PERTENENCIA

El tope de la clase alta, el sector con mayor patrimonio y mejor nivel de vida de la sociedad, suele contar con cabezas de familia -él o ambos- con educación universitaria. También es probable que hayan heredado una sólida empresa familiar —comercial, industrial o agropecuaria—, o en todo caso ocupan los más altos cargos gerenciales de grandes firmas. Suelen vivir en casas o apartamentos lujosos en barrios del sudeste de Montevideo -Carrasco, Punta Gorda, Malvín, Buceo, Pocitos o Punta Carretas-, sus hijos concurren a prestigiosos centros de enseñanza privada, integran grupos de presión o de influencia socio-política y llevan un modo de vida suntuoso aunque discreto. La pompa, en todo caso, es más patrimonio de los “nuevos ricos”, los recién llegados al gran estándar de vida gracias a carreras o negocios exitosos.

Un criterio de clase estrictamente economicista, que mida sólo los ingresos, induce a error. Hay sentidos de pertenencia y hay herramientas que favorecen la permanencia, el ascenso o el descenso en la escala socio-económica.

Se puede integrar la clase media-alta (o la alta-baja, según se mire) por tener ingresos elevados, aunque aún no se haya acumulado mucho en inmuebles o activos financieros, por ejemplo. Y también se puede pertenecer a ese sector si se posee un buen patrimonio, aunque los ingresos actuales sean relativamente bajos.

Quienes integran la clase alta desde hace mucho tiempo comparten una cultura, como también las otras clases. Un “nuevo rico” suele ser ostentoso como no lo son los ricos de larga data. De igual forma, se puede zafar de la clase baja por un incremento de los ingresos, poseer automóvil y dinero en el bolsillo pero permanecer en la marginación social, muy ajenos a los usos y costumbres de la muy melindrosa clase media. También se puede caer de la ansiada clase media, como ocurrió con decenas de miles de familias en crisis como las de 1982 o 2002, y guardar el bagaje cultural que permita el regreso apenas la economía de oportunidades. De la misma forma, algunos sectores de clase media con formación y trama familiar sólida no caerán en la pobreza por un tropiezo económico. Así, por ejemplo, alguien que pierda su empleo por algún tiempo será sostenido por su cónyuge o familiares y continuará habitando un hogar confortable, sin “necesidades básicas insatisfechas”. En el extremo inferior de la escala social, los pobres más pobres no tienen herramientas para aprovechar los ciclos de bonanza económica. La extrema pobreza es un “núcleo duro” difícil de vencer (ver nota central).

MOVILIDAD SOCIAL Y CONFORT

En 2013 el 97,6% de los hogares tenía refrigerador (con o sin freezer), el 81,9% disponía de calefón, el 77,4% incluía lavarropas, el 64,8% tenía teléfono fijo, el 66,1 % disponía de computadora, el 61,1% utilizaba horno microondas, el 65,1% contaba con conexión a televisión para abonados (“TV cable”), el 87,8% tenía uno o más televisores color, el 52,8% accedía a Internet, el 34,7% poseía moto o ciclomotor, el 25,7% equipos de aire acondicionado, el 6,6% utilizaba secadora de ropa y el 3,6% un aparato lavavajillas.

Según la Instituto Nacional de Estadística, en 2013 el 38,5% de los hogares poseía automóvil o camioneta, pese a que son muy caros para los estándares internacionales.

En casi medio siglo (1963-2011) la población uruguaya aumentó 26,6% y los hogares 52,4%. El tamaño del hogar promedio cayó de 3,39 personas en 1963 a 2,82 en 2011. En un cuarto de siglo se duplicó la cantidad de hogares unipersonales hasta llegar al 21,6% del total. El 40% de los octogenarios vivían solos.

El 61,5% de los pobladores de Uruguay eran propietarios de su vivienda, aunque solo el 40% había terminado de pagar el terreno y la construcción. Ese porcentaje de propietarios era mayor en el quintil más rico (el 20% más solvente de la sociedad), donde alcanza a 70,2%. En el quintil más pobre, la proporción de propietarios bajaba a 52,4%.

La población de Montevideo tiene una mayor proporción de ricos que el interior, y también mayor proporción de indigentes: los dos extremos.

Un estudio del Banco Mundial divulgado en 2013 señala que si bien el tamaño de la clase media uruguaya se redujo entre 2000 y 2010, afectada duramente por la crisis de 2002, creció con vigor si se toman períodos mayores y se la compara con 1989. El mismo estudio, sin embargo, señala que la movilidad social en Uruguay no es muy generosa. El 30% de las personas cambiaron de nivel económico en Uruguay en lo que va del siglo XXI. Según el mismo análisis del Banco Mundial, el país con mayor movilidad en estos momentos es Chile -la economía más dinámica de la región en las últimas décadas-, seguido por Brasil, Colombia, Ecuador y Bolivia. Sólo Argentina, Venezuela y Paraguay tienen peores registros de movilidad social que Uruguay.

Pero, a la vez, Uruguay tiene una escasa movilidad descendente relativa. “En países como Guatemala, Nicaragua y Venezuela, hay una probabilidad del 30% de caer en la pobreza, mientras que en Bolivia, Honduras y Paraguay, la probabilidad es del 20%. En el otro extremo, países como Brasil, Chile y Uruguay siguen mostrando bajas tasas de movilidad descendente”, indicó el informe del Banco Mundial.

CLASES SOCIALES Y ESTADÍSTICAS51

14%

del ingreso total de los uruguayos es percibido por el 1% más rico, según dijo a El País la economista Andrea Vigorito, quien trabaja con datos oficiales. La media en los países desarrollados es que el 1% más rico percibe el 10-12% del ingreso, en tanto en Colombia o Ecuador concentra alrededor del 20%.

19%

de los uruguayos tiene educación terciaria completa (10,8) o incompleta (7,8%). La enseñanza superior es más común entre quienes tienen entre 25 y 29 años (30,6% del total). El poseer educación superior es uno de los distintivos básicos de las clases media-alta y alta, aunque no sea condición excluyente.

72%

de los jóvenes del quintil más alto de la sociedad (el 20% más rico) termina la enseñanza básica superior. Pero sólo el 10% de los jóvenes perteneciente al quintil más bajo de la sociedad (20% más pobre) culmina la enseñanza media superior. Los niveles de enseñanza formal son fiel reflejo de clase social.

62%

de los uruguayos contaba en 2013 con una mutualista (asistencia médica colectiva) o un seguro privado, en tanto el resto de la población dependía del sistema de salud del Estado (ASSE), incluyendo los hospitales Militar y Policial, disponía de una emergencia móvil o no tenía cobertura alguna.

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