Emilio Reus, el despertador del espíritu público

Cuando la cultura se adormece por más de una década, llegan emprendedores que sin alarde ni discursos, despiertan al espíritu público, la conciencia cívica.

Emilio Reus forma capital, forma hombres y crea comercio e industrias que sacudieron el adormecimiento de que era presa por tantos años el espíritu público.

Nació en Madrid en 1858 y murió en Montevideo, en 1891 fue un empresario español que emigró primero a Argentina, en 1885, y después a Uruguay, donde murió a los 32 años de edad.

Reus nació y vivió en Madrid hasta los 27 años.
Fue abogado y catedrático de la universidad en 1880 y diputado de las Cortes un año más tarde.
Mantuvo amistad con la reina de España, Isabel II, lo que le permitió entrar en contacto con importantes empresarios de la época, cosa que terminó con la muerte del Rey Alfonso XII.
En 1885 llegó a Buenos Aires, donde ejerció como periodista y economista.

Si bien tuvo prosperidad económica durante un tiempo, una crisis financiera lo impulsó a desplazarse hacia Montevideo.
En Uruguay contó con el apoyo del Banco Nacional y de un grupo de obreros calificados que trabajarían en la edificación de viviendas residenciales.
Hoy en Montevideo hay un barrio que se conoce con su nombre: barrio Reus. Su obra causó tanto impacto en la arquitectura tradicional del país que dio lugar a un período que hoy se conoce como época de Reus.

Sin embargo, algunos de sus últimos proyectos fracasaron, los obreros se levantaron en huelga y contrajo importantes deudas.
Falleció poco tiempo después, sumido en la pobreza.
Así cortita y al pie no dice nada la biografía de Emilio Reus, pero faltó decir que fue abogado a los 21 años, filósofo, financista, constructor y en cierto sentido un lírico que se fundió un montón de veces, con un ferrocarril que no funcionó en Perú, ni llegó a existir, con un emprendimiento en Brasil, con aventuras comerciales en Argentina y en Paraguay.

reus

En Montevideo fundó el Banco Nacional (que vino a ser el antecesor del Banco Hipotecario del Uruguay), un hotel en la ciudad vieja donde se podían dar baños de mar con aguas climatizadas de la bahía, claro que nunca funcionó, pero el edificio que fue sede de la Facultad de Humanidades y aun sobrevive en ruinas por falta de mantenimiento, y varios barrios, como ejemplo el Reus del Norte (Villa Muñoz) y el Reus del Sur (Ansina) este último demolido casi totalmente.

Pero de este hombre que se fundía y volví a empezar corresponde que vayamos por partes.
Emilio Reus llegaría a la cúspide económica, nuevamente en Montevideo, a través de su participación en el proyecto, y posteriormente en la dirección, del Banco Nacional, durante el gobierno de Máximo Tajes.

De allí en más, no hubo emprendimiento de magnitud en el Uruguay del cual él no participara directa o indirectamente, hasta 1890, en que da quiebra por última vez.
Son los años conocidos como la “época Reus”.-

En una publicación dedicada al Barrio Reus – hoy Barrio Villa Muñoz –, editada por Imprenta El Siglo Ilustrado, se dice de él: “Este hombre, en las concepciones atrevidas de un genio esencialmente creador, había despertado el espíritu de empresas e instituciones de crédito, logrando crear el Banco Nacional en condiciones tan favorecidas como ningún Banco en el mundo; había sacudido el marasmo que durante un decenio consumía la savia del país, y esparciendo el apoyo y protección en muchos de aquellos que jamás habían operado fuera de la esfera del raquitismo y la miseria, había transformado, puede decirse en un solo día, la faz comercial, transportándola de la apatía a la actividad mayor. En una palabra, había formado el capital, formado hombres y creado comercio e industrias que sacudieran el adormecimiento de que era presa por tantos años el espíritu público”.

La necesidad de un Banco Nacional fue planteada ya en el año 1874 porAngel Floro Costa, pero fue el Presidente General MáximoTajes, en 1887, quien llamó a un concurso para su organización y ejecución.
Emilio Reus elaboró un proyecto, logrando nuclear en un sindicato a grandes capitalistas rioplatenses.

Presentó su programa, entonces, con el respaldo de Cassey, Bunge, Duggan y Ayarragaray, pensando con dos secciones, la comercial y la hipotecaria, que podía otorgar préstamos con plazos de hasta treinta años.-
La polémica fue intensa, acerca de sí se debía crear un banco nacional con capitales extranjeros o nacionales, y el debate parlamentario debió recorrer un total de diez proyectos presentados, pero Reus “rápido, elocuente, múltiple, rotundo, respondiendo a su vez a toda la prensa opositora, modificando sus argumentos o hallándolos nuevos, ante cada adversario, tachonando todo con fulgores de su optimismo meridional, realizó la campaña en poco más de dos meses, hasta conseguir la sanción del proyecto”, afirma en un artículo J.M. Fernández Saldaña.-

Emilio Reus ocupó la Gerencia del Banco – que inició su actividad con un capital de 10 millones de pesos – desde agosto del 87 a julio del 88, momento en que renunció por discrepancias con el Directorio.
El defendía la emisión única de papel moneda para el Banco – objetada por toda la banca extranjera en plaza – que nunca se llegó a concretar.
Como un gran pulpo que pretendía abarcar con sus tentáculos toda clase de operaciones y proyectos, dice Visca, la Compañía Nacional “bien puede en todo sentido simbolizar el ciclo económico que atravesó el país entre 1887 y 1890”.

Entre sus propósitos, la empresa de Reus se proponía: abrir créditos con garantía de títulos negociables en la Bolsa; comprar y vender por cuenta propia metales preciosos, títulos de Deuda Pública y cédulas hipotecarias del Banco Nacional y acciones y obligaciones de otras sociedades mercantiles o territoriales, establecer una caja de ahorro; establecer y comanditar sociedades industriales o comerciales, constructoras, territoriales o marítimas y de previsión y admitía la contratación y ejecución de obras públicas con suscripción del Estado o particular.-
En relación al Estado, proponía realizar empréstitos, conversiones de Deuda Pública, y otras operaciones de crédito, extendiendo el préstamo hipotecario a la construcción de puentes, puertos, diques y todo valor real mobiliario del Estado con el que podría además arrendar impuestos directos e indirectos.-

Con respecto a las propiedades urbanas, proponía al Estado: otorgar préstamos hipotecarios sobre las propiedades urbanas y hacerse cargo del cobro de alquileres, arrendamientos, rentas, peajes, dividendos y productos de cualquier clase para facilitar préstamos; subdividir propiedades en lotes abriendo calles o caminos, crear barrios, pueblos y villas, ejidos de huertas, chacras y colonias y venderlas al contado a plazo por cuenta propia.-
Además, Reus, manifestó su interés en realizar la mensura catastral del territorio y el plano general de la República con el registro gráfico de las propiedades particulares.
Por ese entonces emprendió también aventurados negocios en Argentina, Paraguay y hasta en Bolivia.-

La Compañía Nacional se inició con un capital de 20 millones de pesos.
Recurramos a la sintética biografía que hizo nuestro gran historiador de la época Fernández Saldaña, para tener una visión ordenada y en ciertos casos un tanto repetitiva de lo que hemos escrito precedentemente, pero el personaje bien vale una reiteración que una omisión.
“Financista y banquero español que durante un corto número de años fue una especie de rey en el mundo de los negocios uruguayos, llegando a unir su nombre a una época que ha pasado a la historia nacional con la denominación de “época de Reus”.
Nacido el 8 de noviembre de 1858 en Madrid, cuando llegó por primera vez a Montevideo de paso para Buenos Aires el 3 de enero de 1886, tenía no obstante su edad, toda una carrera hecha en España, gracias a su inteligencia clarísima y a su incansable actividad.
Abogado de nota, doctor en filosofía y letras a los 21 años, sabía de escribir obras de derecho y había sido director de la Revista de Legislación y Jurisprudencia que fundara su padre.
Humanista versado, era autor de dos o tres libros de filosofía y sociología, tenía estrenadas dos piezas teatrales y había traducido a Spinoza, con un prólogo extenso y bien meditado.
Hombre de grandes iniciativas, empresario de las obras del Canal de Ecija, diputado a Cortes, especulador audaz, su ruina en la bolsa de Madrid en los días negros para los negocios que siguieron a la muerte del Rey Alfonso XII, truncó la carrera que parecía llevarlo con certeza a algún ministerio y decidió emigrar.
En Buenos Aires, después de haber sido corrector en “La Patria Argentina”, y tentado alguna actividad en el estudio del Dr. Calzada, volvió a entrar en juegos bursátiles logrando en poco tiempo ganar medio millón de pesos oro que perdió prestamente, pero como satisfizo a todos sus acreedores, desde ese momento vino a unirse a su reputación de hombre de negocios el predicado de hombre de bien.
Cuando en el gobierno de Tajes se llamó a una especie de concurso para la organización del Banco de Estado que se gestaba, Reus articuló un proyecto y para respaldarlo, su habilidad supo mancomunar un grupo de capitalistas de volumen en el Río de la Plata.

Faltaba la batalla en Montevideo, y Reus, rápido, rotundo, elocuente y multiplicado, respondiendo a los opositores, reforzando o renovando sus argumentos ante cada adversario, todo tachonado con los fulgores de su optimismo contagioso, ganó la partida en menos de un trimestre, consiguiendo la sanción del proyecto.
Once meses –de agosto del 87 a julio del 88 – estuvo en la gerencia del nuevo banco denominado Banco Nacional, al cabo de los cuales se puso al frente de la más grande y compleja institución particular que hasta entonces hubiera conocido el país y los vecinos: la Compañía Nacional de Crédito y Obras Públicas con un capital de veinte millones de pesos oro, distribuidos en doscientas mil acciones, que una plaza de la capacidad miserable que entonces era Montevideo, cubrió prestamente y con amplio margen.
El solo nombre de Reus había realizado el milagro, porque el testimonio de los contemporáneos coincide en cuanto a reconocer al Dr. Reus un poder de seducción y una facultad atractiva quintaesenciadas.
Cuando las acciones de la Compañía Nacional entraron a venderse en la Bolsa, se cotizaron con quince puntos sobre la par.
Cada uno de aquellos papeles de tintas azulinas se consideraron más valiosos que una barra de oro.
La Compañía, especulando en todo, pero especialmente en terrenos urbanos, que trajo una valorización ab surda de los inmuebles, adquirió a compañías tranviarias, principió a construir grandes barriadas y proyectó suntuosos edificios.
Reus, desbordando los límites de la República, emprendió negocios gigantescos y aventurados en Argentina, Paraguay y Bolivia.
La aterradora crisis de 1890, empezada en Londres con el Banco Inglés, que arrastró al Banco Nacional y a más de una docena de bancos secundarios, afectó, como es natural a la Compañía. Cuando ya era inminente la tempestad, Reus, en un esfuerzo supremo para salvar la situación, culpable en gran parte de ella con su optimismo imprevisor y con operaciones aleatorias, dejó al dirección de la Compañía para fundar el Banco Transatlántico.
La sociedad se constituyó penosamente porque la estrella de Reus había entrado en declinación y la vorágine se llevó también al nuevo banco.
Ante el desastre sin remedio, Reus declaróse en quiebra, poniendo en manos de sus acreedores todo lo que tenía y firmando, además en favor de ellos, obligaciones varias veces millonarias, los vales más grandes que se han suscrito en la República.
Se encontró de nuevo sin otro capital que sus arrestos y su talento, pero en esta vez el corazón –su gran corazón generoso- descalabrado acaso por las emociones y los golpes, era un órgano en falla tan grave como para rompérsele en cualquier momento, y así aconteció el 7 de marzo de 1891 a las 7 de la mañana, viviendo en una modesta casa de la calle Yaguarón entre 18 de Julio y Colonia, vereda oeste absorbida más tarde por el edificio de “El Día”.
Murió fuera de toda religión positiva –en su juventud había sido panteísta- después de sufrir estoicamente padecimientos increíbles, en pobreza estrecha, abandonado por los amigos de la gran época, a muchos de los cuales había colmado de favores y puesto en el riel del éxito.
Sólo tres o cuatro contaban en la adversidad y de los más humildes.
Como todos los que sienten el placer de hacer negocios, había sembrado pródigamente la semilla de las ingratitudes…

Un torero, paisano, tomó a su cargo la repatriación de la viuda, doña Ana Canalejas, y de su pequeña hija Gloria.

http://www.elreporte.com.uy

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