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Peligrosamente enREDados

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¿Qué es el grooming? Se define como las “acciones deliberadas por parte de un adulto para establecer lazos de amistad con un niño o niña en Internet, con el objetivo de obtener una satisfacción sexual mediante imágenes eróticas o pornográficas del menor, o incluso como preparación para un encuentro sexual, posiblemente por medio de abusos”. Por esta práctica, bajo la figura legal de corrupción de menores, un hombre recibió, por primera vez en nuestro país, en Necochea, una condena de diez años. Sin embargo, ésta no es la única manera en que la conexión permanente puede alterar la vida de las niñas: los noviazgos violentos también se expresan a través de celulares y redes sociales. Usos y abusos de una tecnología que ha cambiado la vida, y que exige también que se aggiornen los controles parentales y las leyes.

Ella tenía la curiosidad de cualquier chica de 14 y él la alimentaba. Nunca daba la cara, pero le mostraba partes de su cuerpo y le pedía que ella hiciera lo mismo. Nadie tenía por qué saberlo, él decía que tenía la misma edad y también era curioso. Parecía un juego entre pares, anónimo, sin más riesgo que la intimidad de la pantalla. Cuando él empezó a masturbarse y le pidió que ella hiciera lo mismo, la nena se asustó y lo rechazó. Dudó mucho antes de contarle una situación que había llegado demasiado lejos a su hermana y a algunos amigos. Pero finalmente fueron ellos, sus pares verdaderos, los que lo rastrearon y descubrieron que del otro lado del chat no había un adolescente sino un hombre de 35 años. Ahí, en julio de 2009, se lo contaron a su mamá: Rosa Castro. Ella vive en Cipolletti. Nunca se imaginó que el hombre que acosaba a su hija era el hijo de su empleador, Pedro Fadelli, parte de la familia que había visto crecer a su hija. “Cuando me enteré de que era un adulto, hice la denuncia en la fiscalía. Ni siquiera lo allanaron. Como todo esto no es considerado delito y sumado a su poder económico y su influencia ante la Justicia, estábamos en desigualdad de condiciones. Le dieron una condena de un año y trabajo comunitario de 100 horas. Mi bronca es mucha. Si no hay un encuentro físico, no lo consideran delito”, remarca a Rosa. Su caso no es el único. Aunque, en otro sentido, en junio hubo un fallo histórico donde se consideró el grooming –esta forma de acoso que usa como herramienta a la web– como corrupción de menores. En Necochea, Leandro Fragosa se hizo pasar por una chica de diez años para seducir a una nena de nueve por chat. El Tribunal Oral en lo Criminal Nº 1 de Necochea determinó una condena de diez años sin precedentes en el país. Los jueces comprobaron que coleccionaba pornografía con participación de menores y que les hacía propuestas explícitas a niñas a través de un perfil falso. El 21 de marzo detuvieron a un profesor de fútbol, en Lomas de Zamora, que abrió una cuenta de Facebook con la identidad de una nena y convenció a una niña de doce años de que le enviara fotos desnuda. Después la amenazó. La víctima le contó a su mamá y, por eso, su familia hizo la denuncia. Ahora, ¿cómo actuará la ley? ¿Llegará su causa a contar con una ley de grooming?

#Porunaleydegrooming

(visión argentina aplicable a todos los pueblos)

Desde Cipolletti, Rosa Castro empezó junto con otra mamá que vive en Buenos Aires (Roxana Domínguez) a luchar para que se apruebe una ley contra lo que denominan grooming a través de la senadora justicialista María José Bongiorno, de Río Negro. La ley obtuvo sanción en Senadores en noviembre de 2011 y espera ser aprobada en Diputados. La semana pasada, el proyecto obtuvo dictamen en las comisiones de Legislación Penal y Familia. Las críticas de algunos sectores son que las penas son muy altas y que equiparan el acoso virtual al real. “Los radicales plantean que el grooming no es abuso; a mi hija la abusaron. El tema del grooming es mucho más grave de lo que piensan. No es un pedófilo detrás de una pantalla. Muchas chicas son capturadas y las llevan a las redes de trata, o muchos chicos de los que se van de la casa son entusiasmados por Facebook”, opina ella. Una de las posibilidades es que se apruebe el proyecto ya presentado –similar a normas de Alemania, Canadá, Reino Unido y España– y otra, que sufra modificaciones o que se genere otro proyecto que vuelva a Senadores y después retorne a Diputados (como pasó con la ley de fertilización asistida). Pero el que propone Rosa implica penalizar el acoso sexual cibernético a menores de parte de un adulto de 6 meses a 4 años (que es la pena de un abuso). La justificación de Rosa es enfática: “Porque esto es un abuso por el daño psicológico que los chicos sufren”. Y la presión sobre el Congreso de la Nación para que la Argentina no siga sin una norma que regule los abusos tecnológicos, también: “Esperamos que se apruebe. El Gobierno repartió computadoras en todos los hogares, pero no estamos preparados ni los padres ni los chicos para cuidarse correctamente. El problema de las tecnologías es tremendo y no le estamos dando bolilla”. Ricardo Sáenz, fiscal general, escribió una nota en InfoBAE, en donde advierte: “Muchos casos se generan con la introducción de un software malicioso en la computadora del menor –a través de un mensaje amistoso con algún adjunto que al bajarlo ejecuta el virus–, que envía al abusador la clave usada por el niño, por ejemplo, en algún servicio de mensajería, y con ella lo extorsiona con cambiarla y no ‘devolverle’ la cuenta si no cumple con su voluntad”. “La palabra grooming quiere decir el contacto de un adulto hacia un menor a través de Internet (u otra tecnología) con el ánimo de generar acciones de índole sexual”, explica Sebastián Bortnik, presidente de Argentina Cibersegura y gerente de Educación y Servicios de ESET Latinoamérica. El especifica que no se trata de un delito virtual sino de un antecedente para un contacto real. “Por lo general es la instancia preparatoria hacia situaciones peores, como la publicación de contenidos pedófilos o incluso el encuentro físico y sexual con menores de edad. Las tecnologías han propiciado la ejecución de delitos de índole sexual por la facilidad que tienen los pedófilos para comunicarse con los niños sin exposición física y con identidad falsa (comúnmente haciéndose pasar por otro niño).” En este sentido, si ya casi todas/os nos sentimos desnudos si salimos de casa sin celular, o como si estuviéramos con el estómago vacío si no chequeamos los mails, las nuevas tecnologías han irrumpido en todos los sentidos. Han ayudado a difundir mensajes de igualdad y también han contribuido a expandir o encubrir los delitos. No se trata de demonizar la modernidad, sino de estar atentas a combatir con rapidez las nuevas formas de machismo. ¿Por qué se necesita una ley? Bortnik remarca: “Consideramos que el grooming debería estar tipificado en la ley explícitamente, como ya han hecho otros países en el mundo. Hay un proyecto de ley presentado por los senadores Carlos Alberto Verna y María de los Angeles Higonet que establece penas de entre seis meses y seis años de prisión para este delito, y cita en sus fundamentos la existencia de leyes similares en países como Alemania, Canadá, Reino Unido y España”.

#Mejorprevenirqueapagar

“Hoy, el uso del Facebook está extendido en el 90 por ciento de los chicos de 11 a 17 años, aunque la edad legal para entrar es 14 años. Y se sabe que de los chicos de 11 a 14, seis de cada diez están en alguna red social. El perfil en una red social es mucho más que una página web: pone en juego su propia personalidad. Ensayan, prueban, suben algo en el perfil y si les va bien, después lo incorporan en la vida real”, le dijo Roxana Morduchowicz, autora del libro Los adolescentes del siglo XXI, los consumos culturales en un mundo de pantallas, que se basa en encuestas realizadas en 2011 con 1200 chicos de entre 11 y 17 años, de escuelas de todo el país, al periodista Emilio Ruchansky, de Página/12, el 12 de mayo de 2013. “El celular es el medio que más creció en los últimos años y el único que no distingue sector social. Prácticamente todos los chicos de 15 a 17 años y muchísimo más que la mitad de 11 a 14 años tienen un celular. Básicamente les permite dos funciones que para los adolescentes son muy valoradas. La primera es comunicarse con amigos. En esta etapa de la vida, es imposible entender la adolescencia si uno no analiza la relación con los amigos. El celular les permite estar comunicados las 24 horas. Y la segunda es escuchar música. La música es el consumo cultural que marca el paso de la infancia a la adolescencia”, también apuntó la investigadora. Por eso, las nuevas pantallas, en principio, son una realidad incontrastable, apabullante y real. Intentar combatir los riesgos de las nuevas tecnologías con la censura a las nuevas tecnologías sería como optar por las posturas conservadoras que niegan la sexualidad en los y las adolescentes y no les proponen una postura gozosa pero cuidadosa de su propio cuerpo. En este sentido, es importante proponerles disfrutar de las posibilidades de contacto, de juego, de risa, de música, de arte y de infinidad de aplicaciones que no sólo son y serán nuevas e infinitas sino, también, desconocidas para un mundo adulto que les sigue los pasos, pero que no termina de manejarlas como los y las jóvenes, y con los cuidados y prevenciones que implica que los abusadores –en su mayoría adultos, pero en algunos casos también novios o pares de su misma edad– o agresores pueden estar utilizando estas herramientas. Para cuidar a los chicos y chicas, Bortnik propone a madres y padres: “Por un lado, las tecnologías son necesarias para la seguridad de los datos y los sistemas: antivirus, firewall, antispam, control de usuarios (que haya una contraseña en la cuenta del menor y que no sea administrativa) y control parental para limitar el acceso a sitios peligrosos o indebidos para su edad (especialmente cuando son menores). No obstante, al mismo tiempo hay aspectos que la tecnología no puede cubrir y que es necesario cubrir con educación. Nos referimos a tener un diálogo abierto y, fundamentalmente, que adquieran buenas prácticas en sus hábitos de navegación”. En este sentido, sobre la brecha generacional y tecnológica entre madres e hijos/as, Irina Sternik –periodista especializada en tecnología y conductora de Geekye en CN23– analiza: “Facebook genera esa falsa impresión de conocer a los desconocidos y en los chicos es muy peligroso porque no se sabe quién, realmente, está del otro lado. La sensación de omnipotencia de los más chicos se refuerza porque ellos manejan mucho mejor la tecnología que los padres, en general, y no tienen referencia de enseñanza con respecto a su buen uso”. ¿Y qué pasa si una familia tiene sospecha de que a su hija la están acosando? Bortnik detalla: “Lo ideal es contactarse con personas que puedan asesorar con respecto a la comunicación, abogados, policía, etcétera. Si sólo es una sospecha de una solicitud de amistad, lo ideal es directamente no aceptar el contacto. En cambio, si el adulto se entera del incidente cuando la relación con el menor ya está avanzada, obviamente que hay que ocuparse del tema. De todas formas, esto es fundamental: nunca la familia o el menor deben contestar a un acosador, ya que es probable que, ante la mínima sospecha, éste deje de contactarse y pueda perderse la evidencia o la posibilidad de encontrarlo, por lo que siempre es recomendable hacer la denuncia”.

#Tesigoatodaspartes

Una de las formas más claras en que la violencia machista se metió a través de las nuevas tecnologías es el acoso que sufren las adolescentes en los noviazgos violentos. Los celos que las limitan en su vida son uno de los rasgos del maltrato en esta etapa de la vida. Pero el celular, los mensajes de texto, el WhatsApp, el Twitter, el Facebook y otras redes sociales hicieron que ahora las chicas tengan que dar cuenta permanentemente de con quién están, dónde están, cómo están vestidas y qué están haciendo. El control social es permanente y acuciante. En la Argentina, de hecho, para tres de cada diez adolescentes no está mal visto revisar la computadora o el celular de la pareja. “Las nuevas tecnologías emergen como arma de control”, advierte una nota del diario español El País, del 28 de mayo de este año. “Ejercen un control agobiante para las chicas. A través de WhatsApp o Facebook pueden saber en todo momento dónde están, qué están haciendo y con quién. Las hostigan pidiéndoles pruebas: si dicen que están viendo la televisión, les piden que digan la película que ven y en qué canal, y si les cuentan que están en el baño, las obligan a tirar de la cadena para demostrarlo. Esto es algo que no pasa con las víctimas mayores”, explica Susana Martínez Nobo, presidenta de la Comisión para la Investigación de Malos Tratos a Mujeres, que aclara que pese a que estos medios también están al alcance de los mayores, no los usan tanto. Lucila Tufró, comunicadora social, integrante del equipo técnico de la Asociación Civil Trama y coordinadora de la investigación “Jóvenes y sus relaciones de pareja”, relata: “En una encuesta que realizamos entre jóvenes de ambos sexos de todo el país de entre 15 y 20 años, ante la pregunta de si consideraban grave o invasivo revisar los mensajes en el celular, correo o Facebook de su pareja, más de un 30 por ciento afirmó que no lo era o que tenía dudas. Es decir, más de un tercio no reconoció claramente lo que significa el derecho a la intimidad de su pareja”. Pero, aunque las chicas también puedan espiar, cuando hay violencia la balanza siempre se inclina hacia donde hay más vulnerabilidad: las chicas. “En el contexto de la violencia de género en los noviazgos, las redes sociales y los celulares, por ejemplo, son más una fuente de conflicto, celos, peleas y control que una herramienta de comunicación y de acceso a la información que les permita, en especial a las chicas, estar alertas ante ciertos signos o actitudes de maltrato. Funcionan como verdaderas “vidrieras” que brindan mucha información sobre la intimidad de las personas y que permiten un control sofisticado. Son una herramienta de acoso muy eficaz. Las tecnologías no producen milagros. En sociedades donde las relaciones entre varones y mujeres siguen estando signadas por la desigualdad y la violencia, en la mayoría de los casos son funcionales a quienes ejercen el poder patriarcal”, subraya Trufó. Daniela Reich, gerente operativa del Programa de Atención Integral a las Víctimas de Violencia Doméstica y Sexual de la Dirección General de la Mujer del Ministerio de Desarrollo Social porteño, indica: “El incorrecto uso de las nuevas tecnologías posibilita nuevos caminos de hostigamiento entre los jóvenes. Así, el canal más utilizado es la red social Facebook, donde los agresores suelen publicar en sus muros información, fotos junto a sus víctimas o videos íntimos. Por lo general evitan ‘etiquetar’ a sus víctimas, presentando los hechos como aventuras. En otros casos, los usuarios exhiben fotos de sus hij@s y explican que el padre/madre no les permite verlos. En todos los casos, el alto nivel de exposición l@s humilla, avergüenza y angustia”. “Los celulares suelen ser otra herramienta de comunicación mal utilizada. A través de clásicos mensajes de texto, aplicaciones como WhatsApp o BBchat intiman a sus parejas con gran cantidad de mensajes en poco tiempo. Ante tanta demanda, las nuevas tecnologías permiten bloquear la recepción de determinados usuarios. Sin embargo, en el caso de los mensajes de texto no es posible realizar un filtro. En estas situaciones, sugerimos a las mujeres que se animen a conversar con sus familiares y buscar ayuda profesional”, propone Reich. María Bohmer es médica psicoanalista y, junto con Adriana Potel, es la coordinadora de Jakairá Traslasierra en Córdoba. Ella indagó sobre la violencia de género entre las adolescentes, y concluyó: “Nosotras reportamos innumerables situaciones de violencia que se ponen en juego a partir del uso de los celulares como medio de control. Muchos de los adolescentes con los que trabajamos no tienen acceso a computadoras e Internet cotidianamente, pero casi el ciento por ciento tiene celular. El desafío es hacer visible el control como una forma de violencia. Hay que desnaturalizar el vínculo entre celos, control y amor, que no son cosas que van juntas, para promover la construcción de vínculos saludables entre los adolescentes, e insistir en que el control es una forma de violencia, no de amor”. “Además, en casos extremos, los varones saben que la comunicación con otros puede sacar a las jóvenes de situaciones de aislamiento y así poner ‘en peligro’ el dominio que ellos ejercen. Hoy mismo llamamos a una joven de 16 años que se encuentra sometida a su pareja violenta y que está empezando a armar un vínculo con nosotras a través de un Centro de Salud. Pudo por primera vez contar lo que le está pasando. Nos atendió el hombre con el que vive, el que la maltrata. El entendió que el celular la sacaba del aislamiento en el que la violencia encuentra tierra fértil y vio peligrar su dominio. Entonces se lo quitó”, alertó.

#Mirácómoteescracho

“En los más chicos hay una práctica conocida como sexting (sexo + texto), que es el envío de fotos con poses sexies. Hay una especie de competencia en la secundaria para ver quién genera más ‘me gusta’ en Facebook con fotos provocativas y, sobre todo, la sensación de “muro privado” que nos genera el mundillo de nuestros amigos en Facebook, cuando en realidad una vez que una foto está en la red, ya la perdimos para siempre, y allí está el peligro. La puede descargar alguien y utilizar en cualquier otro sitio web”, alerta Sternik. Un tema peligroso es que también el control tecnológico lo siguen usando los varones cuando las chicas deciden cortar la relación. Por ejemplo, el sexting es un modo de violencia que se usa contra las ex novias que ya no quieren soportar la violencia. “Otra de las modalidades del acoso a través de Internet consiste en difundir imágenes privadas, insultos o humillaciones en las redes sociales. ‘Puso una foto mía en sujetador en Tuenti y la repartió por todo el colegio. Dijo que era una broma que les hacía a todas sus novias’, contaba por teléfono a Ana una chica de 15 años”, relata la investigación de El País. “En síntesis, hay varios temas mezclados cuando se habla de redes sociales –resume Sternik–. Desde los más peligrosos, que se relacionan con la captación de chicas para la trata de personas o el material pornográfico para redes engañando a los chicos, hasta el acoso cibernético a raíz de cualquier cosa de la vida real o virtual. Por otro lado, como cambiaron las relaciones sociales, como las redes desnudan nuestros comportamientos, aumentan la paranoia entre las parejas, fomentan la obsesión al ofrecer datos innecesarios (como la hora de conexión de un usuario, el mensaje visto, el estar disponible o no, etc.), y la necesidad de mostrarse, exhibir que tal cosa te gusta, comentar, ser gracioso o ser galante, desdibujando la realidad en un nuevo mundo virtual.”

 Por Luciana Peker en Pagina12

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Padres vividores de sus hijas, proxenetas

Operación Sandú

Una adolescente de 17 años regentaba a otras tres chicas de 13, 15 y 16 fugadas de un centro de amparo del INAU a que se prostituyeran por $ 300 en Tacuarembó. La Justicia procesó a padres de la joven y a clientes por contribuir al proxenetismo.

Así fue denominada por la Dirección de Lucha contra Crimen Organizado e Interpol el operativo de captura de los tres proxenetas que explotaban a menores oriundas del pueblo de Curtina y que se encontraban alojados en un hogar de amparo del INAU de Tacuarembó.

La Operación Sandú – denominada así por el nombre del barrio tacuaremboense donde se encontraban las tres menores fugadas- permitió el procesamiento de una pareja que obligaba a tres menores de 13, 15 y 16 años a prostituirse.

En el 2011, se prostituían en Curtina. Sus padres fueron procesados por la Justicia de Tacuarembó por no cumplir con los deberes inherentes a la patria potestad. Decenas de personas fueron citadas a declarar porque todo el pueblo sabía lo que ocurría.

Ahora estas chicas se ven envueltas en una segunda investigación judicial iniciada tras una denuncia del centro departamental del INAU de Tacuarembó. El caso derivó a la Dirección de Crimen Organizado. Poco después de arribar a la ciudad de Tacuarembó, los policías detectaron que las menores fugadas del hogar de amparo se encontraban en una casa ubicada en el barrio Sandú de la capital departamental. Este barrio se sitúa a pocas cuadras del centro de la ciudad.

En esa finca vivía un matrimonio y su hija de 17 años. Esta joven había llegado a un acuerdo con las menores fugadas del INAU para que se prostituyeran y dividir los beneficios en dos partes. Posteriormente, la adolescente conseguía clientes para las tres menores -dos hermanas y una amiga- y las llevaba a distintos puntos de la ciudad para encontrarse con adultos. Por cada encuentro, las menores “cobraban” $ 300.

En el Juzgado de Crimen Organizado, los padres de la joven trataron de quitarse responsabilidades de encima pero su hija narró que habían utilizado dinero proveniente de la prostitución de las tres adolescentes.

La Policía cree que, además de las adolescentes sometidas, otras tres menores también se prostituían.

Decenas de personas fueron citadas a declarar porque todo el pueblo sabía lo que ocurría. Justicia resolvió procesar con prisión a los padres de la joven de 17 años, por un delito continuado de “contribución a la explotación sexual de menores de edad”.También fueron procesados con prisión dos clientes, por “retribución a personas menores de edad para que ejecuten actos sexuales”.

PRISIÓN

El lunes 15, la jueza Staricco -subroga en el Juzgado de Crimen Organizado al juez Néstor Valetti que se encuentra en un congreso en Colombia- libró las órdenes de allanamiento y detenciones.

En la mañana de ayer, efectivos de Crimen Organizado detuvieron a ocho mayores -padres de la adolescente y clientes- y a cuatro menores -la joven de 17 años y las tres internas del INAU-. “Estas menores estaban internadas en situación de amparo en el INAU. Se fugaban y se escondían en la casa donde vivía la otra adolescente”, dijo a El País la jueza Staricco tras adoptar una resolución sobre el caso.

Tras un pedido de la fiscal Mónica Ferrero, Staricco procesó con prisión a los padres de la joven de 17 años por incurrir en un delito de contribución a la prostitución de menores de edad. Enfrentarán una pena de dos a 12 años de penitenciaría.

La magistrada también procesó con prisión a los clientes de las prostitutas -un remisero y un individuo con antecedentes por contrabando y juegos de azar- por un delito de retribuir a un menor a que ejecuten actos sexuales. Sus penas serán de dos a 12 años de penitenciaría. El caso de la joven de 17 años será analizado en un Juzgado de Adolescentes.

La historia de esas jóvenes es dramática.

En junio de este año, la mayor de las hermanas entregó a la directora del INAU de Tacuarembó, Graziella Adami, una carta titulada “Esto me sucedió”, en la que relataba que otra menor que había estado internada en el INAU, de 17 años, las llevaba a casa de sus padres para luego obligarlas a prostituirse.

La joven de 17 años, hija de la pareja que prostitutía a las menores, estaba en el INAU por haber cometido un hurto. Ayer quedó a disposición de la justicia de menores. Ante la jueza Staricco negó haber ejercido la prostitución.

La fiscal solicitó a la jueza que las víctimas no sean radicadas en el mismo centro del INAU que la adolescente de 17 años que las regenteaba.

Los cuatro procesados

El proxeneta, de iniciales P.R.C. y 46 años, ya había estado en prisión por violencia doméstica. Su pareja, de iniciales M.C.T.R, de 43 años, también terminó en prisión por proxenetismo de menores. Ellos eran los padres de la adolescente de 17 años que regenteaba a las otras menores.

Las iniciales de los dos clientes procesados con prisión son O.W.A.C. y L.E.S. Uno de ellos admitió haber pagado para tener relaciones sexuales con las menores. El otro lo negó. Un tercer indagado quedó en libertad.

Los dos clientes procesados “sabían que eran menores, tuvieron reiteradas veces relaciones y les pagaban para tener relaciones”, dijo una de las fuentes. Las tres víctimas los reconocieron.

 

Lo denunció el INAU

La directora del INAU de Tacuarembó denunció el caso en junio ante la justicia penal. La investigación, que estuvo a cargo de la Dirección de Crimen Organizado e Interpol, se llamó Operación Sandú, en referencia al barrio donde vivían la pareja y los clientes que prostituían a las menores.

Tras haberse fugado del INAU, las hermanas, de 13 y 15 años, estaban viviendo en casa de la pareja y ejercían la prostitución en el domicilio de los clientes, quienes además las maltrataban.

La pareja de proxenetas se quedaba con la mayoría del dinero recaudado. Ante la jueza y la fiscal, declararon que vivían de “changas”.

 

La  proxeneta de 17 años

La joven   que obligaba a prostituirse a tres menores en Tacuarembó, quemaba a una de ellas con cigarrillos en la espalda y se quedaba la mayoría del dinero que recibían por los servicios sexuales.

Una vez que dos de las menores se instalaron en la casa de quien terminó siendo su proxeneta comenzaron a suscitarse los malos tratos y la obligación a ejercer la prostitución. “Las tenían durmiendo en el piso, las hacían limpiar la casa, (y cuando una de ellas) estaba durmiendo) le tiraba sala en la cara o le quemaba la espalda con cigarrillos”, se detalla en el auto de procesamiento de la jueza Julia Staricco.

Además, las obligaba a robar en supermercados y negocios, así como a prostituirse, amenazándolas con echarlas de la casa si no lo hacían.

La joven y sus padres cobraban entre $200 y $400 pesos a los clientes quienes a veces también pagaban con ropas. Pero las menores, dos hermanas de 13 y 15 años, y otra joven que vivía en la casa de en frente, solo recibían entre $10 y $30 por los servicios sexuales.

El caso fue denunciado por el INAU, de donde habían escapado las hermanas. Ambas declararon que la joven de 17 años y otros integrantes de la familia las acompañaban hasta la casa de los clientes y “las esperaban afuera mientras tenían relaciones sexuales”.

Después de cierto tiempo, la joven de 15 años “no soportó mas la situación” e hizo la denuncia en el INAU a través de una carta.

Por el caso fueron procesados con prisión cuatro personas, dos como autores reiterados de retribución a personas menores de edad para que ejecuten actos sexuales y otros dos como coautores penalmente responsables de un delito continuado de contribución a la explotación de personas menores de edad.

La situación de la proxeneta de 17 años será considerada por el juzgado de familia o de adolescentes de Tacuarembó.