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Peones rurales en busca de ilustración

Donde el sistema empieza a asomar

José Pedro Liendo tiene 22 años y vive en la localidad de Clara, un pueblo de 200 personas ubicado a 70 kilómetros de la ciudad de Tacuarembó. Unir esos dos puntos lleva dos horas en camioneta, debido a las piedras, el barro y las cañadas que conforman la ruta 59. El hombre es peón de estancia desde hace 10 años, cuando terminó la escuela. Nunca volvió a pisar un aula porque ir al liceo le implicaba trasladarse a la ciudad, y no tenía recursos.

Un centro UTU fue inaugurado este año en el pueblo natal de Liendo. Ahora tiene una hija y estudia en la escuela de la que su señora es cocinera. A su vez continúa trabajando como peón, pero mientras se forma en carpintería para aprender un oficio que le permita tener otro ingreso.

Liendo es alumno de primer año del Programa de Formación Profesional Básica (FPB) adaptado al medio rural que el consejo de la UTU desarrolló junto a la Fundación UPM en las instalaciones de la escuela rural de Clara. El estudiante cursa el taller de carpintería del centro y lo complementa con estudios de idioma español, matemática y carpintería.

 

Vuelta a clases

El proyecto pedagógico iniciado en mayo de este año consta de una adaptación de contenidos para que 34 estudiantes de distintas edades que viven en pueblos cercanos a Clara puedan continuar sus estudios primarios, ya que hasta el año pasado su única opción era trasladarse hasta Tacuarembó u otras localidades cercanas para hacerlo. Es que ante la imposibilidad de llevar adelante el traslado hacia la ciudad, la mayoría de las personas desertaban del sistema y comenzaban a trabajar en estancias de la zona como peones.

Ese fue el caso de Robert Ferreira, un joven de 16 años que también es peón de estancia. El adolescente había iniciado el liceo en la localidad de Curtina, cercana a Clara, pero a los pocos meses del primer año abandonó y desde hace cuatro años había cambiado el estudio por el trabajo.

Pero con la nueva posibilidad, el jóven decidió volver a las aulas. Ferreira es compañero de Liendo en las clases de carpintería y, aunque lleva seis meses como aprendiz del oficio, ya proyecta “hacer unos pesos” vendiendo las materas de madera que realiza en el taller. Otro de sus compañeros, Rober Fernández, incluso ya le puso precio al producto: $ 12, afirmó mientras, sentado en el patio de la escuela sobre un tronco, lijaba su primera matera. “Esta es para mí. Después las empiezo a vender a otros peones que trabajan conmigo”, comentó.

Curso semipresencial

El programa tiene una carga de 16 horas semanales repartidas entre los dos días de clase y permite una vez aprobados los tres años que los estudiantes obtengan la aprobación del Ciclo Básico. El curso es en modalidad semipresencial. Los trabajos de aula son complementados por tareas domiciliarios.

María y Milagros son compañeras de clase del taller de informática de la escuela técnica instalada en Clara. María tiene 30 años y Milagros 12. Todos los viernes y sábados, los dos días de la semana que tienen cursos, María despierta a Milagros a las 4.30 de la madrugada. Son madre e hija y viven en el pueblo La Hilera, a 30 kilómetros del centro de estudios rural. Salen de su casa 5.30 y hacen seis kilómetros en moto para llegar al lugar en que deben tomar el ómnibus escolar que parte a las seis horas. Regresan a su casa sobre las 19 horas.

“Todos me decían que la mande sola (a Milagros), pero teniendo la oportunidad de estudiar cómo la iba a desaprovechar”, dijo María Trinidad, y contó que desde los 12 años, cuando terminó la escuela, no tenía clases dentro del sistema formal.

 

Contenidos

Las clases en la mañana son desde la hora 9 hasta las 12 y en la tarde de 13 a las 16.50. Los contenidos son adaptados al medio en que viven los estudiantes. Además de cursos de idioma español y matemática, los alumnos optan por una especialidad en la modalidad taller que puede ser carpintería o informática.

En carpintería, la intención del primer año de cursos es adaptar los alumnos al uso de herramientas pero también enseñarles tareas de reparación que les sean aplicables en su vida cotidiana, explicó el docente de la asignatura, Juan Pintos.

Los estudiantes construyen bancos y bibliotecas para la escuela, aunque también llevan sillas rotas de su domicilio para que el docente les indique como repararlas. Además, desde ayer la ruta 59 tendrá una nueva señalización que indique el camino a Clara. Un cartel de madera con letras verdes, tallado y pintado por los alumnos fue instalado a 10 kilómetros del pueblo.

El letrero fue pintado por Selene Britos, que tiene 34 años y además de alumna de primer año del FPB es peluquera. Mientras pintaba, su hijo Luis, de 8 años, la acompañaba y dibujaba en su cuaderno escolar de segundo año escolar.

En informática también se intenta adaptar los programas. Además de enseñar Office como indica el programa de la ANEP, el profesor Rubens Ferreira proyecta dar un curso intensivo de un programa lector de los códigos que las vacas tienen en sus orejas y la forma de pasar ese registro a planillas de Excel.

 

Los tiempos

El proyecto educativo fue ideado sobre fines del año pasado tras un estudio de impacto sobre las necesidades del área financiado por la Fundación UPM. A partir de noviembre comenzaron los contactos con el desconcentrado encargado de los centros UTU que, para la sorpresa de los impulsores del proyecto, en un mes y medio entregó el programa pedagógico adaptado al medio rural.

La escuela técnica de Clara incluso fue visitada por el futuro presidente del Consejo Directivo Central (Codicen), Wilson Netto, quien fue presidente del CETP desde y 2005 y asumirá la cúpula de la ANEP con la orden del presidente José Mujica de desarrollar los centros UTU en el interior del país.

 

Donde la infraestructura casi no llegó

Clara está ubicado en el kilómetro 35 de la ruta 59, un camino nacional de piedra y basalto en el que una camioneta con tracción en sus cuatro ruedas no puede superar los 50 kilómetros por hora.

Sus 200 habitantes viven sobre todo de la actividad rural y en su mayoría son peones de estancia. Pese a ser la base de la economía de las familias de la localidad, en los últimos años la oferta laboral disminuyó por la extensión de los cultivos de soja en la zona, que al utilizar maquinaria prescinden de los recursos humanos, explicaron distintos pueblerinos.

La seguridad allí no es un problema. La comisaría local recibe en promedio tres denuncias por mes, ninguna por hurto ni homicidios. Los casos más frecuentes son de robo de ganado.

Texto de El Observador
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Escuela La Carolina en base militar, Durazno

Una maestra como bajada del cielo

Patricia Marino (23), viaja en helicóptero a la escuela y duerme en el salón de clase. Sus tres pequeños alumnos estudian entre el ruido de metrallas y explosiones de bombas. Así es la vida en la escuela rural La Carolina, perdida a las orillas del Río Negro.

Son poco más de cien kilómetros hasta la ciudad, con tramos intransitables -ni siquiera se los puede llamar caminos.

Es viernes. Terminó la semana de clases y la maestra, está pronta para volver a su casa, en la ciudad de Durazno. Pero no lo puede hacer. La copiosa lluvia de los últimos días dejó inhabilitada la pista de aterrizaje de pasto del aeródromo militar La Carolina, que está a pocos metros de la escuela donde ella da clases, en medio de los lagos del río Negro, próximo a la represa de Rincón del Bonete.

Mucho menos podrá volver por tierra. Son poco más de cien kilómetros hasta la ciudad, con tramos intransitables -ni siquiera se los puede llamar caminos, porque no existen como tal- donde abundan pozos, pastizales, ramajes y decenas de porteras para atravesar. Y peor bajo lluvia, donde los arroyos y cañadas inundan la zona.

“Y bueno… acá estamos aislados del mundo, comiendo una torta frita con mis pequeños (por sus alumnos), tomando unos mates y mirando por la ventana, viendo a ver si mejora el tiempo. Hay mucho verde y agua por acá”, dice con tranquilidad la joven (y única) maestra de una escuela poco conocida, incluso hasta en Durazno.

Se trata de la escuela rural La Carolina, que está enclavada justo en un destacamento militar de la Fuerza Aérea (perteneciente a la Brigada II de Durazno) y volvió a abrir sus puertas a mediados de 2010 luego de estar cerrada durante unos cuántos años.

“Estuvo un tiempo sin funcionar porque no había niños en la zona. Pero volvieron a aparecer pequeños y se reactivó. Ellos están chochos con su escuela”, cuenta Marino. Es que si no fuera por este lugar no tendrían acceso al estudio, ya que el centro educativo más cercano les queda, exactamente, a 65 kilómetros de donde viven actualmente. Matías (12), Diego (8) y Guillermina (8) son los tres alumnos que tiene hoy la maestra de esta particular escuela. El mayor cursa sexto de escuela, mientras que Diego está en tercero y la pequeña cursa segundo año.

“En principio eran cinco niños, pero dos de ellos se fueron con sus padres, que trabajaron un tiempo en una estancia cercana pero luego se mudaron a trabajar a otra estancia”, explica la maestra. De los tres que quedan, la niña es la única que no vive en el destacamento.

Guillermina vive en la estancia donde trabajan sus padres, que queda a 10 kilómetros de la escuela. Todos los días, religiosamente, la llevan y la van a buscar a la escuela en moto. En tanto, los otros dos pequeños viven en el destacamento; son el hijo y el sobrino del matrimonio de militares que están a cargo del aeródromo.

"Esta escuela funciona una semana sí, y una semana no. Una semana cada dos, me vengo a vivir con mis alumnos"

CASA SALÓN

Dado las distancias y la complejidad para los traslados la maestra también vive en el destacamento, de lunes a viernes, y con sus alumnos, aunque lo hace una semana cada dos. Es que el régimen de clases es distinto al de cualquier escuela urbana o rural.

“Esta escuela funciona una semana sí, y una semana no. Cuando me dijeron me llamó la atención porque ninguna escuela funciona así. Una semana cada dos, me vengo a vivir con mis alumnos”, explica a las risas la maestra que, por si fuera poco, duerme dentro del salón donde da clases. Un ropero de grandes dimensiones oficia de “pared divisoria” entre su espacio personal y su lugar de trabajo. “Nunca llego tarde a clase: me levanto, camino dos pasos y estoy en el salón (se ríe). La verdad me cambiaron todos los hábitos con respecto al año pasado, cuando daba clases en la localidad Centenario. Viajaba todos los días 70 kilómetros, ida y vuelta… Correr hasta la parada, correr a la vuelta. Acá hago vida de campaña”, dice contenta, mientras uno de sus alumnos le ceba mate y comparten tortas fritas recién hechas.

Además de la habitación de la maestra, el salón de clases cuenta con una estufa a leña, una pequeña biblioteca, el escritorio, bancos, un baño y las carteleras pertinentes al curso. Hace unos días la Fuerza Aérea donó pintura de color y los niños, junto con la docente, van a pintar una de las paredes.

Compartir las 24 horas con sus alumnos “es toda una experiencia”, cuenta Marino a El País . “Yo vivo con ellos, imagínate… Estoy las 24 horas del día con ellos. Es toda una experiencia, invalorable. No hay otra escuela igual a esta. Tenemos clase desde las 10 de la mañana hasta las 3 de la tarde. Y después seguimos juntos porque vivimos acá. Son unos santos y muy buenos alumnos, inquietos, metedores, con ganas de saber”, afirma Marino.

“Maestra, te llama tu ma-má”, interrumpe uno de los pequeños la entrevista mientras le alcanza el teléfono. “Ves que son unos santos”, acota Marino, al tiempo que le pide la llame por el nombre. “Me dicen maestra todo el día. Yo les digo que me digan Paty fuera del horario de clase, pero no hay caso. No logran diferenciar”. Salir a pescar, andar a caballo y recorrer el campo son las actividades preferidas de los tres niños, que aseguran, estudiarán en la Escuela Agraria.

“Después de clase, se ponen sus atuendos gauchescos, sus bombachas, sus botas, y yo me paso idiotizada sacándoles fotos porque son divinos, y por lo general se van dos horas a recorrer el campo. Y vienen y se ponen a jugar acá. Yo juego con ellos muchas veces, aunque los exijo con los deberes”, reconoce Marino, en su doble función.

El matrimonio de militares es el encargado del mantenimiento, cuidado, y la cocina del destacamento. Un lunes cada dos, Marino viaja con su perra en avioneta o helicóptero, desde la ciudad de Durazno, donde vive, hasta el destacamento donde se encuentra la escuela.

“Me encanta volar. Deseo que me manden siempre por aire. Por tierra es una transa. El trayecto es horrible, llegás toda zangoloteada, movida. No es nada cómodo”, reconoce a El País la maestra de La Carolina, que cada semana arriba a la escuela como “bajada del cielo”.

Una escuela “perdida”

 La escuela rural La Carolina se ubica a poco más de 100 km de la ciudad de Durazno, en medio de los lagos del río Negro, cerca de la represa de Rincón del Bonete. La escuela funciona dentro del destacamento de la Fuerza Aérea que cuenta con un aeródromo y un predio de práctica militar.

Por vía terrestre solo hay una forma de llegar. Desde la ciudad de Durazno se toma por ruta 5 al norte, algo más de 40 km hasta la localidad de Parish (después de Carlos Reyles) y desde allí sale un sinuoso camino de tierra que recorre 60 km hasta La Carolina.

“sentí que estaba en la Segunda Guerra Mundial dando clases”

Las clases entre ruido de metrallas y bombas

 Estar casi pegado a un aeródromo y a un predio de práctica militar hace que, por momentos, la clase se disperse, a pesar de que son solo tres alumnos. “La pista está al lado del salón y el predio de prácticas militares está a dos kilómetros a la vuelta. Hace poco vino una unidad especializada en detonación de bombas de Montevideo y yo te juro que me sentí que estaba en la Segunda Guerra Mundial dando clases. Unos estruendos tremendos, que hacían temblar todo”, contó a El País Patricia Marino, la maestra de la escuela. Es que generalmente suelen hacer allí las prácticas militares los efectivos uruguayos que están por partir de misión de paz.

Cada vez que llega al destacamento militar una brigada o un contingente a realizar sus prácticas, donde se despliegan aviones de la Fuerza Aérea y tanques de las Naciones Unidas, los niños se alborotan.

“Para los chiquilines es sumamente interesante. Cada vez que ven un avión por el aire o un tanque quedan encantados. Ellos se han subido a esos tanques que van a las misiones de paz, se sacan fotos… quedan chochos. Los aviones se ven por la ventana del salón, porque muchas veces vuelan bajito. Yo ya siento venir a un avión y ellos (los niños) me quedan mirando para ver si yo les digo que pueden salir a mirar”, dice la maestra, con complicidad.